En primera línea de batalla: así es el día a día de los héroes que enfrentan el COVID-19 | Crónica

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Antes de entrar a la UCI de la Unidad de Servicios de Salud Occidente de Kennedy, Camilo Rodríguez se pone un overol, dos batas blancas desechables, dos gorros, tres pares de guantes, un tapabocas convencional y otro N-95, unas monogafas y una careta que cubre su rostro. Aunque ejerce su profesión desde hace tres años, con la pasión de quienes han descubierto el propósito de su vida, luce cansado: desde que empezó la pandemia ha tenido que trabajar turnos de doce horas y atender a pacientes con un virus que no distingue edad, sexo ni estrato económico.

Antes de cruzar el umbral de la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), Camilo tiene dos certezas: que se tendrá que aguantar la sed, el hambre y el deseo de ir al baño en las próximas doce horas, y que debe estar listo para enfrentar a uno de los mayores temores desde que el virus empezó a ganar terreno: la posibilidad de encontrar entre los nuevos pacientes un rostro conocido. “Antes los pacientes eran desconocidos, ahora son los tíos o primos de un compañero, incluso son mis compañeros. Es duro, porque sé cómo son y muchos de ellos guardan el debido cuidado, pero en un momento en la calle se exponen al contagio. ¡Una sola persona puede afectar a más de cien!”, dice.

La UCI a la que acaba de entrar Camilo tiene catorce camas, cada una con bombas de infusión de medicamentos y líquidos, un monitor de signos vitales, un ventilador mecánico, una fuente de oxígeno, una fuente de aire y una fuente de presión negativa para administrar succión. Cada cama alberga a una persona que lucha contra el COVID-19 y que, para evitarle el dolor que produce la enfermedad, ha sido sedada, como en una suerte de coma inducido.

La labor de Camilo consiste en recorrer la sala y evaluar la evolución de los pacientes. Y no lo hace solo. En una UCI se requiere, además, de un grupo interdisciplinario, que incluye a un enfermero profesional, un auxiliar de enfermería, un fisioterapeuta (encargado del manejo del ventilador, asistencia de la función respiratoria y rehabilitación del paciente), un médico tratante (usualmente intensivista, internista, anestesiólogo o cirujano) y también un camillero, un especialista de farmacia, un profesional en nutrición y un especialista en fonoaudiología, entre otros.

A pesar de hacer parte de la primera línea de batalla contra el virus, este médico de 27 años reconoce que se siente frustrado. “Antes atendía a una persona cada ocho días, ahora intubamos a cinco cada día. El volumen de pacientes con fallas respiratorias aumentó bastante en los últimos días”, explica. La situación no es menor, pues, con corte al 24 de julio, la cifra de contagios en la capital superó los 74.000 casos. A su vez, según la Secretaría de Salud, cuatro de cada diez personas que se hacen la prueba de COVID-19 salen positivas.

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Algunos médicos que atienden a pacientes con coronavirus en las UCI de la capital describen lo que sienten con dos palabras: síndrome de burnout. Muchos de ellos aseguran estar “quemados”, con estrés laboral crónico, que se refleja en agotamiento emocional y una sensación de ineficacia, de no hacer adecuadamente las tareas. Freddy Rodríguez, auxiliar de enfermería de 58 años, quien trabaja en el Hospital de Kennedy, cuenta que, aunque intenta ver con otros ojos la situación, comparte con sus colegas esa sensación de pesimismo que acompaña toda tragedia.

La noche anterior trabajó doce horas seguidas con pacientes críticos y, de regreso a casa, lamentó que muchas personas no cumplieran los protocolos de bioseguridad. “Nosotros estamos en primera fila para ver los síntomas, los signos, todo lo que representa esta enfermedad. Entonces no nos queda margen de dudas de que esto no es un invento ni un mito. Este virus es real, existe, enferma y mata a personas de todo tipo. El COVID-19 no discrimina si eres joven, niño o adulto mayor. De que nos puede dar a todos, nos puede dar”, dice.

Visto desde la pantalla de un celular o desde un televisor, la labor de Freddy y los demás profesionales de la salud podría parecer sencilla. Sin embargo, ser parte de los profesionales que le ponen el pecho a la pandemia no es fácil. Además de atender a su esposa y a sus tres hijos, Freddy se ha ido acostumbrando a dormir poco y lidiar en su mente con el drama de las familias afectadas por la enfermedad.

Lo mismo comparte Álvaro Luis Ordóñez, médico especialista en anestesiología, quien desde julio trabaja en la UCI del Hospital Universitario Nacional. “La carga laboral es grande, por el número de pacientes y la complejidad de la enfermedad. Además, por el aumento rápido de casos, se ha visto la necesidad de aumentar el número de camas, por lo que a veces uno tiene más pacientes de los que usualmente acostumbraba a atender”.

Como anestesiólogo, Álvaro solía atender a pacientes sanos, que se dirigían a las salas de cirugías, cuyos desenlaces, en su mayoría, eran positivos. Pero en las UCI salen a flote los contrastes entre la vida y la muerte, pues la cantidad de personas que fallecen es mayor. “Lidiar con que a uno se le compliquen los pacientes o tener que llamar a la familia y decirle que se le murió alguien siempre es difícil. No importa cuántas veces lo haya realizado”, dice con voz taciturna.

Este anestesiólogo de 27 años cuenta que en la UCI en la que trabaja tiene a su cargo a ocho pacientes, pero que si alguien del personal médico falta el número puede aumentar a quince. Su mayor preocupación es que, en las próximas semanas, el flujo de enfermos aumente tanto que los coordinadores de las UCI empiecen a tomar la difícil decisión de elegir a quién atender primero. ¿Y en la universidad los preparan para este tipo de casos?, le pregunto a Álvaro. “A uno le enseñan cómo proceder en casos como estos, pero una cosa es leerlo y otra es la práctica”, confiesa.

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Los desafíos del personal de salud en medio de la pandemia son varios. Por una parte, durante la última semana, han visto crecer el número de personas que llegan a las UCI con síntomas tan graves que, al final de la jornada, muchos sospechan si han sido contagiados; pero también deben enfrentar, en la inquietante proximidad de una llamada telefónica, la ansiedad que tiene los familiares de los enfermos y la angustia de saber que sus seres queridos están en una UCI, consumidos por el virus, en la antesala de la muerte.

El doctor César Enciso, coordinador de la UCI del Hospital Infantil San José, explica que, en ocasiones, deben soportar las reacciones agresivas de los familiares “y todo esto asociado a que, hasta el momento, todas las terapias que hay son experimentales y no hay nada definitivo que pueda curar la enfermedad. Todo ello hace que sea difícil la atención de los pacientes”.

Camilo Rodríguez, el médico que batalla en la UCI de la Unidad de Servicios de Salud Occidente de Kennedy, dice con preocupación que hay pacientes que se sanan pronto, pero está la otra cara de la pandemia: los que requieren intubación endotraqueal y están en una UCI con soportes y medicamentos para mantenerlos estables. “Hay que evitar que se les dañen los riñones, que no tengan lesiones en el corazón y no tengan problemas neurológicos. Si se dan cuenta, las UCI se están llenando, la Secretaría de Salud trata de tener más UCI y ventiladores, pero como es tan grande el contagio, esas camas no están dando abasto”, dice.

Los especialistas en salud cargan sobre sus hombros otro peso difícil de dejar en el hospital: el futuro de sus pacientes en esta fase de la pandemia, donde el pico se divisa en el horizonte, como una montaña difícil de escalar. El médico Álvaro Luis Ordóñez cuenta que esta inquietud lo persigue hasta su casa, pues una vez abre la puerta de su apartamento, sus padres le preguntan por el estado de los enfermos. “Nunca me han dicho que se preocupan de que yo les vaya a llevar el virus a la casa, pero nos hemos acostumbrado a seguir estrictos protocolos en el hogar”.

Cuando se le pregunta al doctor Enciso cómo se están preparando en la UCI que coordina ante un eventual colapso del sistema, explica que lo vienen haciendo con el aumento de camas disponibles, obteniendo más recursos para la atención y entrenando a más personal médico, con el fin de que estén disponibles para atender a estos pacientes. “A pesar de eso, vemos que cada día aumentan los casos y es más difícil disponer de más recursos para poder atender a más personas”.

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Cuando termina el turno, el doctor Camilo Rodríguez se dirige a la lavandería del hospital y se quita lentamente el traje con el que ha permanecido forrado más de doce horas. Se ducha en el hospital, de acuerdo con el protocolo, y se prepara para regresar a casa, donde sus padres y hermanos lo esperan con ansias para recordarle que no debe bajar la guardia.

En este panorama incierto, Camilo tiene algo claro: está en el lugar correcto, atendiendo a docenas de pacientes que luchan por mantenerse con vida. Sí, al día siguiente tendrá que repetir la rutina y, a lo mejor, así seguirá siendo el resto del año, pero sabe que eso hace parte de una pasión que supera su cansancio y las noches de angustia. Al preguntarle por el reto más grande, dice sin rodeos: “Tratamos de salvar personas, pero muchos se ponen en peligro. Salir innecesariamente es un riesgo. Eso me ha dado duro, porque cumplimos los protocolos, pero muchos no pueden o no lo hacen. Eso es triste”.

En esta historia sin punto final, en la que los gobiernos locales hacen todo lo posible para evitar la propagación del COVID-19, las palabras de este joven médico encarnan una realidad: “Yo creo que cuando no les toca un familiar o alguien cercano, la gente no cree. Créanos, esta es una enfermedad grave que ha matado a miles de personas a escala mundial”.

Esta historia fue publicada originalmente en El Espectador, en la sección de Bogotá, el 26 de julio de 2020. Todos los derechos reservados a El Espectador.

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