A la intemperie: así viven los venezolanos en la autopista Norte de Bogotá | Crónica

Son las 7:00 de la noche y el frío de la capital se empieza a meter por los huesos. En medio de la oscuridad se ven siluetas de hombres y mujeres que, desde el pasado 26 de mayo, construyeron tiendas de plástico y palos para vivir en el separador de la autopista Norte con calle 195, a la espera de que las autoridades migratorias autoricen un viaje para regresar a Venezuela, de donde salieron hace un año huyendo de la crisis.

Son casi 470 personas, entre ellas 115 niños, quince adultos mayores y quince embarazadas. Antes de la cuarentena, no estaba en sus planes vivir a la intemperie, a pocos metros de la Terminal Norte, en una zona húmeda donde los zancudos son implacables y el ruido de los carros es ensordecedor. La mayoría llegó a Bogotá persiguiendo sueños, pero la suerte los abandonó en el camino.

Al hablar con Bertriz Terán, una mujer de treinta años, de 1,50 metros de estatura, quien asumió el liderazgo de los migrantes, se puede comprender cómo llegaron a esta situación. Muchos trabajaban hasta que la pandemia llegó y arrasó con sus empleos. Sin recursos, tuvieron que desalojar las viviendas en arriendo y, con el poco dinero ahorrado, viajaron hasta la Terminal para devolverse a su país. “Allá podemos pasar hambre, pero tenemos techo”, explica Wílmer González, uno de los migrantes, entre las sombras.

Aquel lugar, en el que llevan más de una semana, parece un albergue militar, en medio del bosque. Hay unas 39 carpas que albergan a familias enteras. No hay baños ni elementos de protección contra el coronavirus ni los insectos y muchos aprovechan el agua de una quebrada, que se formó por las lluvias de los últimos días, para lavarse los dientes y asearse.

Cuando cae la noche, una preocupación más los invade: en varias ocasiones han intentado robarlos y hasta un hombre, ajeno al grupo, fue atrapado mientras intentaba abusar de una adolescente. Terán comenta que desde el 28 de mayo la Policía se presenta en el día, para vigilar lo que ocurre en el lugar. En cuanto al sustento diario, dependen de las donaciones de los conductores.

Esta noche, una persona les donó un mercado con veinte libras de arroz, diez libras de fríjoles, quince paquetes de espaguetis, latas de atún y huevos. Bertriz, quien en sus mejores tiempos perteneció al cuerpo de oficiales de la Policía Científica de Venezuela, explica que tienen un protocolo para repartir la comida equitativamente, según el número de familias. Y, ¿pueden cocinar?, se le pregunta. “Un sargento de la Policía muy querido se va con unos muchachos para que cocinen y ellos traen todo preparado. Hoy comimos huevos revueltos con chicharrón”, dice.

Mientras reparten la comida, un hombre de piel trigueña, robusto y con una barba tan larga que se desborda del tapabocas, explica que vivir en estas condiciones ha sido difícil. Su nombre es Wálter Cárdenas, tiene 61 años y está en el albergue con su hijo Guillermo, a la espera de que les autoricen el viaje.

>>Vea también: En fotos: el drama de los venezolanos que esperan en la autopista Norte para regresar a su país

“Estar aquí es terrible. Estas son condiciones inhumanas. Los primeros días no había nadie y tuvimos que dormir en el suelo. Un señor se conmovió y nos prestó una carpa. La mayoría de los que estamos aquí fuimos desalojados de las viviendas, dice agitado; sufre de sinusitis.

Al escuchar a Wálter, una mujer con seis meses de embarazo y tres hijos menores de ocho años se acerca y añade: “Es difícil, porque yo no tengo el dinero completo para los pasajes. Tengo $250.000 y el pasaje de los dos niños mayores vale $150.000 cada uno, y el mío $180.000”. Luego, señala el diminuto rostro de su hija menor, salpicado de ronchas: “Hemos pasado frío, a la niña me la han picado los zancudos”, dice.

El trasfondo

Su drama empezó una vez Migración Colombia, la Alcaldía de Bogotá y la Terminal Satélite Norte habilitaron los corredores humanitarios el 13 de mayo, para regresar en buses a su país. La dinámica era sencilla: los viajeros debían inscribirse en una página web y luego esperar una llamada para saber la fecha y hora de salida, una vez compraran el pasaje con una empresa de buses intermunicipales.

Según datos de la Terminal Norte, al menos 1.600 personas lograron viajar. Por día, desde la central de transportes salían cerca 140 personas repartidas en siete buses, pero el 28 de mayo, la central recibió la instrucción de Migración de cancelar la operación por el cierre de la frontera con Venezuela, por orden de ese país.

Juan Francisco Espinosa Palacios, director de Migración Colombia, explica que la entidad tiene limitaciones para facilitar el retorno de venezolanos a su país, pues dependen de la capacidad que Venezuela tiene de recibir a sus propios ciudadanos. “Recientemente, por la frontera con Arauca, Venezuela restringió el ingreso de sus connacionales a tres días en la semana: lunes, miércoles y viernes. Esto pasa porque también está lidiando con la pandemia y tiene un grupo de venezolanos al otro lado, a quienes les está prestando el respectivo auxilio”, explica.

Espinosa agrega que, hasta hace dos semanas, Migración logró un acuerdo con Venezuela para pasar a más de las 300 personas diarias. Sin embargo, en estos momentos ese país estaría recibiendo apenas ochenta personas los días habilitados, por lo que desde el Gobierno se dio la orden de restringir, dentro del país, las operaciones de retorno, para no desbordar la situación en Villa del Rosario y Cúcuta, en Norte de Santander, el departamento de Arauca y Maicao, en La Guajira. Según Migración Colombia, se estima que desde el 14 de marzo, semana en la que se decretó la cuarentena, hasta el 28 de mayo, 71.052 venezolanos pudieron regresar, lo que representa el 3,9 % de los 1,8 millones de venezolanos que viven en el país.

En cuanto a los venezolanos represados en Bogotá, Javier Veloza Díaz, coordinador de Finanzas del Terminal Norte, declara que, desde que se habilitó la plataforma para el registro de migrantes, 17.000 venezolanos se inscribieron, de los cuales solo un reducido porcentaje pudo viajar. En este momento, Veloza explica que “no se están vendiendo tiquetes ni tenemos habilitados los canales de ‘call center’”. Así las cosas, solo 101 personas alcanzaron a comprar sus pasajes, antes de que se cancelara la operación. Veloza comenta que están en las instalaciones de la Terminal y a diario se les hace tamizaje, siguiendo los protocolos de bioseguridad. A su vez, se les ha brindado servicio de baño y duchas y, con la Secretaría de Gobierno, se han adelantado ayudas que contienen una ración alimentaria y “kits” de aseo.

Sin embargo, a pocos metros, las esperanzas de docenas de familias de venezolanos, que ansían una respuesta, persisten. Para ayudarles en la espera, la Secretaría de Integración les ha venido ofreciendo ayudas, que incluyen kits de aseo, asistencia psicosocial y alojamiento, a través de Acnur, pero señalan que los migrantes, en muchos casos, rechazan las ayudas, pues lo que piden es volver a casa.

El panorama para Bertriz Terán, la mujer que lidera a estos viajeros, es oscuro, como la noche que arropa este albergue en medio de la autopista Norte. Ella sueña con que se acabe la cuarentena. Guarda la esperanza de que el lunes (8 de junio) se encuentre con sus padres y sus hermanos en su país, en donde podrá terminar sus estudios en derecho y, con suerte, crear organizaciones para ayudar a quienes estén en su misma situación. Lo que no sabe ella, mientras corre de un lado a otro para atender a las familias, es que, según Migración, la frontera no se abriría hasta julio, dejándolos a la intemperie varias semanas más.

Esta historia fue publicada originalmente en El Espectador, en la sección de Bogotá, el 6 de junio de 2020. La fotografía principal es de José Vargas, reportero gráfico del mismo medio. Todos los derechos reservados a El Espectador.

3 comentarios en “A la intemperie: así viven los venezolanos en la autopista Norte de Bogotá | Crónica

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