Varados en El Dorado: el drama de los extranjeros que no pudieron volver a casa

“Viajaba con mi pareja por Latinoamérica. Nuestra última parada era Medellín, para conocer un hermoso pueblo llamado Jardín. Tras unas semanas allí, decidimos que era tiempo de regresar, no por la pandemia, sino porque era hora de volver con nuestras familias. El plan era ir por tierra hasta Lima (Perú), donde los tiquetes a Argentina son más baratos. Viajamos hasta la frontera con Ecuador, pero al llegar a ese país nos dijeron que no podíamos pasar, por el coronavirus. Colombia tampoco nos quería de regreso. Permanecimos con nuestras maletas en un puente. Las oficinas de migración de ambos países hablaron unos días y luego decidieron que Colombia se haría cargo. Nuestro vuelo para regresar quedó anulado el 16 de marzo”.

De esta manera, el argentino Carlos Torres, uno de los tantos extranjeros varados en El Dorado, comienza un relato que por momentos se le atasca en la garganta. Respira, pues lo que empezó como el viaje de su vida tomó un rumbo inesperado.

Una vez resuelto el asunto en la frontera, la pareja viajó hacia el aeropuerto internacional más cercano: el Alfonso Bonilla Aragón, de Cali. Compró un tiquete aéreo para el 20 de marzo. La ruta era sencilla: volarían hasta Chile y luego a Buenos Aires. Querían evitar a toda costa el caos que se habría de desatar en toda Latinoamérica, por cuenta de la pandemia mundial.

“Ese día llegamos al aeropuerto, eran como las 10 de la mañana y estábamos a punto de hacer el ingreso, cuando un funcionario nos dijo que los argentinos no podían viajar a Chile desde Cali, solo podían salir vuelos a ese país desde Bogotá”, dice Carlos, intentando ordenar en su memoria un discurso que jamás preparó. Preocupado, volvió con su pareja al hotel en el que estaban hospedados. Decidieron viajar a Bogotá dos días después, el domingo 22 de marzo, seguros de que aquél era el único lugar en donde podían recibir respuestas.

Carlos Torres, 26 años, se dirige a Buenos Aires. Foto: Nathaly Triana – El Espectador

Durante ese tiempo, enviaron correos a la embajada de su país explicando su situación. “Nunca nos llegó nada. La embajada argentina nos respondió los tres primeros días, pero luego nunca volvimos a tener respuesta”. Suspira. El gobierno de Argentina empezó a cerrar las fronteras terrestres y aéreas desde el 16 de marzo, y los aeropuertos de países como Chile, Brasil, Ecuador y Venezuela estaban cancelando el ingreso de extranjeros. Carlos pasaba horas conectado a las redes sociales buscando vuelos disponibles. Seguía las noticias de su país en busca de una respuesta. “Y entonces, vimos que las aerolíneas habían convertido todo en un remate de vuelos. Una de ellas, como a la una de la tarde del domingo (22 de marzo), estaba vendiendo vuelos a 2 millones 600 mil pesos, directo a Argentina, después, a las ocho de la anoche, me enteré de que el mismo vuelo estaba en 11 millones 700 mil pesos; el que lo pagaba, volaba, el que no, se quedaba”.

Ese domingo en la tarde, Torres llegó con su pareja al aeropuerto El Dorado de Bogotá. Estaba decidido a gastar lo único que le quedaba en su cuenta bancaria con tal de volver. Una vez en la fila, preguntó el valor de los tiquetes: costaban 505 dólares, todavía. Un funcionario de la aerolínea se acercó a la extensa fila y anunció que quedan dos puestos disponibles en el avión para viajar a Buenos Aires. Esa era su oportunidad: Carlos y su pareja eran los primeros en la fila. “Sentimos alivio, pensamos: por fin vamos a irnos a casa. Y cuando estábamos registrando el ingreso, entregamos la tarjeta de crédito, pero la persona que vendía los vuelos nos dijo que no había fondos suficientes para los dos pasajes, solo alcanzaba para uno. Le pedimos que nos hicieran un descuento, pero no había nada qué hacer”.

Respira. Sus ojos dejan escapar algunas lágrimas. Tiene la espalda curvada, por el cansancio, sus prominentes pómulos le subrayan las ojeras y la barba le oculta la delgadez del rostro. “Quisimos retirar efectivo de un cajero, pero no había tiempo, en 30 minutos despegaba el avión. Al final, decidí que ella regresaría a casa y yo me quedaría en Bogotá, varado”. 

Durante los minutos siguientes, el joven argentino trató de “no perder la cabeza”, decirle a su pareja que él iba a estar bien. “Nos intercambiamos las cosas personales de cada uno. Ella estaba destruida, me dijo que no se quería ir, y yo le dije que ya estaba: ‘no hay vuelta atrás. Te vas a casa. Nos tocó así’. Sentí un vacío enorme, fue como recibir una puñalada. La abracé y nos despedimos”.

>> Vea también: (En fotos) Varados en El Dorado: el drama de los que no han podido regresar a casa

La estadía de Carlos en el aeropuerto no ha sido la misma desde que su compañera se fue. Durante el día, cuando no está buscando noticias sobre su país, se la pasa dialogando con otros extranjeros, que viven su misma situación; durante la noche, intenta despertar de su pesadilla. Según información estimada del cónsul de Chile y de los representantes de la comunidad de argentinos, en El Dorado están varados cerca de 109 argentinos, 45 chilenos, ocho venezolanos, dos uruguayos y otros ciudadanos provenientes de Europa. Lo que más aqueja a los extranjeros es que, entre ellos, hay dos mujeres embarazadas, varios adultos mayores de 65 años con problemas de salud y cerca de doce niños entre los tres meses y los 13 años. A pesar de los esfuerzos que realizan a diario para que sus gobiernos los devuelvan a casa, como publicar videos en redes sociales, enviar cartas a las embajadas y aprovechar cada segundo que les dan los medios de comunicación para contar su historia, el panorama todavía es oscuro.

“Mi familia me dice que sea fuerte, que no es momento de debilitarnos, que sigamos insistiendo con los videos, contando nuestra historia. Yo les digo que estoy bien, tranquilo”, miente y señala con su mano a un grupo de ciudadanos argentinos. La noche cae sobre el aeropuerto. El frío empieza a meterse por los pasillos. Hoy (24 de marzo), el aeropuerto les brinda una cena: un jugo de caja y un sándwich, normalmente donado por los restaurantes que tienen locales en la terminal de transporte aéreo.

“Acá en el aeropuerto se pone fría toda la noche. Ayer los del aeropuerto nos regalaron una manta para abrigarnos. Estamos muy agradecidos con ellos. Pero acá uno está estresado, no puede dormir. No sé cuándo voy a volver, no sé qué va a pasar ahora, nos metieron a todos en la misma bolsa y estamos perjudicados por igual. Acá han hablado con las aerolíneas y ellas están dispuestas a ceder para que nos lleven a todos, pero Argentina es la que no quiere ceder en este momento”, dice con voz taciturna.

Sobre la decisión de su gobierno de cerrar las fronteras, Torres comenta que la respeta, pero no se explica cómo él y otros extranjeros siguen sin recibir una respuesta sobre su situación. Mientras tanto, este hombre de hablar pausado y acento argentino, busca con sus amigos y por sus propios medios el sustento diario. No se rinde. Avanza. Sabe que su viaje no ha terminado. Espera reunirse con su familia y con su pareja algún día. “Yo lo único que quiero es llegar a mi casa y ya, hacer lo que estaba haciendo antes de que pasara todo esto”. Suspira y luego se queda en silencio.

*Esta crónica fue publicada en El Espectador en la edición impresa y digital del 27 de marzo de 2020. Foto principal: Nathaly Triana, exclusivo para El Espectador. Artículo disponible en: https://bit.ly/2WNJqZ7.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .