Diana, la mujer que ayudando a los demás descubrió su libertad | Perfil

“Yo vivía en Vista Hermosa, una vereda de Villavicencio, Meta, con mi abuela y un tío. Allá pasé hasta los 10 años. En la zona la guerra era evidente: cuando sonaban las bombas mi abuela tenía que escondernos debajo de los colchones. Por eso mi familia me mandó donde una tía. Pero me volví rebelde. Y un día cualquiera, a mis 11 años, decidí tomar un bus en La Macarena, hasta que en un caserío un grupo de uniformados nos detuvo. Uno de ellos, al verme, dijo: ¡usted, venga con nosotros! Luego entendí que eran las Farc…”

Diana, ojos vidriosos, se queda en silencio mientras desanuda la memoria que atasca su garganta. Respira. A los 17 años se les escapó a los guerrilleros. Ya para entonces era mamá de dos criaturas. Así que fue un camino todavía más oscuro el que debió atravesar para salir con sus hijos de ahí. Respira. Recuerda. La luz como esperanza. Al final, aunque suene a frase manida, siempre está la luz. En su caso era su abuela; la luz de la esperanza era regresar a la casa donde trincheras de colchones la habían protegido del espanto cuando estaba chiquita. Y con esa esperanza corrió. Corrió y corrió, hasta salir de ese túnel negro y brutal como boca de lobo. Corrió y corrió hasta que las tinieblas se fueron desvacenciendo. Corrió y corrió.

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Diana durante una actividad recreativa en el barrio Pisamos I, Cali. Foto: exclusivo El País.

Ya a salvo, empezaría la vida al fin. Después de llegar donde su abuela, aceptó la ayuda del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, se trasladó a Manizales, y en seis años -al tiempo que algunas heridas iban cerrando paulatinamente-, cursó la primaria y el bachillerato. Eso para empezar. “Fue un proceso de mucha lucha, pero lo logré”, dice. Y respira.


En el 2014 aterrizó en Cali. El primer año fue un periodo inestable: además de los dos niños traía un bebé en camino, de manera que se rebuscó el sustento trabajando en restaurantes y otras veces vendiendo arroz con leche.


Hasta que un día conoció el programa de Escuelas Recreativas para la Paz, ‘Recreapaz’, impulsado por Indervalle y la Gobernación del departamento, y desde ese momento podría decirse que todos sus días cambiaron para siempre.

‘Recreapaz’ nació en el 2016 con el objetivo de acoger a un grupo de desmovilizados y víctimas del conflicto habitantes en la región, ofreciéndoles capacitación en el Sena como ‘técnicos en recreación comunitaria’. El eje del programa es fortalecerlos como promotores de paz en los Territorios de Inclusión y Oportunidad Social (TIOS), que son sectores vulnerables a la delincuencia común, drogadicción, pandillismo y otros callejones sin aparante salida.

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Actualmente Diana lucha por sacar a su familia adelante y formar su propio negocio. Foto: exclusivo El País.

En Agosto del 2016 Diana inició la fase de preparación académica, que cursó hasta marzo de este año. Luego realizó una suerte de pasantía en terreno, que le sirvió para poner en práctica la combinación de todos sus aprendizajes. Y luego de sumar experiencia, la recreación comunitaria se transformó en su actividad central, en su trabajo, en un pilar fundamental de su nueva segunda vida. El pasado miércoles (diciembre 2018), para no ir muy lejos, estaba en el barrio Pizamos 1, al oriente de Cali, encargada de un grupo de niños de la zona a quienes acompañaba con actividades dirigidas que iban mucho más allá del simple entretenimiento. Muchísimo más allá.


Los técnicos de ‘Recreapaz’ son monitores que centran su labor en la promoción de valores, así que su encuentro con los chicos tiene una profundidad que rebasa la simple ocupación de tiempo libre.


Generalmente a través del arte, de manualidades, del teatro, de la pintura o la música, cada sesión es una tierna lección de vida que en los pequeños deja enseñanzas de honestidad, respeto por el otro, autoestima, confianza y trabajo en equipo. Los monitores están capacitados en trabajo sicosocial, de manera que también pasan tiempo escuchando a los niños, y pendientes de la forma de guiarlos para que comprendan que todos los caminos, todos, siempre tienen una salida. Al hablar de su trabajo, las palabras ya no se atascan en el relato de Diana.

Ahora respira libre. Nueva. Despejada. Valiente. Olvidándose casi de todas las trincheras que conoció, mirando a los niños, sus ojos acogen un brillo milagroso.

*Este perfil fue publicado en El País de Cali en el marco de la campaña Valores Vallecaucanos en alianza con la Gobernación del Valle en 2018. Todos los derechos son exclusivos de El País S.A.

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