El seductor infalible | Cuento

I

—Desde un principio supe que algo tenía esa vieja. Algo de misticismo, como cuando ves a alguien y en la mirada hay más secretos que certezas.

—Sí, una pelada extraña.

—No sólo eso, peligrosa. Mirá, yo he leído varios libros sobre este tema y me he dado cuenta que las mujeres como ella tienen un poder que ni ellas mismas comprenden. En algunos casos lo usan para bien, ya sabés, conseguir puestos importantes en multinacionales, y otras lo usan para joder a los hombres. Joderlos, Nayibe, acabarlos. Son como panteras: seductoras de lejos y letales de cerca.

—Yo conozco varias de esas. Te conté sobre la ex de mi novio. Llegué a creer que la única manera de deshacernos de ella era…

—¡Bam! ¡Bam! Matar a esa asquerosa.

—Jajaja… sí. ¿Y qué pasó con esa vieja?

—Qué no pasó, Nayi, qué no pasó. Fue en Marzo del año pasado. Yo estaba navegando en Facebook y vi una sugerencia de amistad. Una vieja con jeans ajustados, una blusa de seda transparente y sin mangas, ojos oscuros medio cerrados, medio abiertos, penetrantes, labios como queriendo dar un beso, el pelo negro completamente liso arropándole su hombro derecho. Tenía un apodo extraño para ser una trabajadora del departamento de Publicidad.

—¿Extraño?

—Algo con un cactus. Ya no recuerdo.

—Y le mandaste la solicitud.

—Sí. Nada del otro mundo. Una vieja del trabajo, pensé. Tal vez en algún momento iba a necesitar algo del área de Publicidad.

—Harrison, para eso tenemos jefes de área. Vos andabas detrás de otra cosa. No te conociera. ¿Y te acepto la solicitud?

—A los cinco minutos. Me saludó como si me conociera de toda la vida. Hola Harrison, cómo va todo. Le seguí la corriente y a partir de allí, siempre que nos veíamos conectados en Facebook, nos saludábamos. Conversaciones simples, casi siempre enfocadas en el trabajo. Ella me preguntaba que yo cómo hacía para manejar tan bien las relaciones públicas de la empresa y yo le decía que cómo hacía para estar tan linda. Se reía.

—¿Y tu esposa?

—Ay, Nayibe. ¿Qué había de malo en hablar con ella por chat? Como te dije, solo cosas de trabajo.

—Pero me acabás de decir que le decías que estaba buena, eso es una contradicción.

—Vale, vale. Te decía que hasta allí la cosa iba bien, pero luego me dijo que quería conocerme en persona, que almorzáramos juntos en la cafetería principal, la que queda en el primer piso.

—Y como hombre responsable, le dijiste que no.

—Almorzamos juntos la tarde siguiente. Yo estaba solo en una mesa, disimulando con el celular estar ocupado, y cada cierto tiempo levantaba la mirada en dirección a las dos entradas que tiene la cafetería. Algo involuntario, un impulso inconsciente que aumentaba mi ansiedad. Habíamos quedado de vernos a las doce y treinta y nada que llegaba. Como para entretener el tiempo, saqué la tablet de mi maletín y pensé en leer un libro que había descargado hace poco y que sabía que me serviría en cualquier momento. Bueno, más exactamente, en ese momento.

—¿Cuál libro?

—Se llama El seductor infalible. Te lo recomiendo. Vos sabes que me gustan ese tipo de temas, seducción, persuasión, en fin. A eso me dedico, querida, a seducir con las palabras, eso es lo que paga la hipoteca.

—He leído cosas por el estilo. Daniel es un aficionado con eso de la persuasión, cada rato dice algo así como que una palabra es suficiente para hacer o deshacer la fortuna de un hombre. Yo prefiero libros que me enseñen a encender la chispa de la relación, tantra, kamasutra, cosas así. Hay uno que sacó Larousse que se llama Sexo increíble, sugerentes o vibrantes consejos que te harán vibrar. Te lo recomiendo.

—El libro que había empezado a leer lo escribió un norteamericano que ha ganado todos los billetes que querás enseñándole a la gente a manipular con las palabras. ¡Manipular! En el más puro sentido de la palabra. El tipo ha viajado a no sé a cuántos países diciéndole a los hombres desesperados de sexo y poder que con la seducción se puede obtener casi cualquier cosa que deseen. Y a las mujeres les ha metido en la cabeza que también pueden dominar el mundo. El precio que pagan es alto, en primer lugar, deben aprender a vivir de las apariencias; un seductor ve la vida como teatro, en el que cada quien es un actor. En segundo lugar, tienen que vivir con la zozobra de ser descubiertos en su falsedad en cualquier momento y ver todo el edificio que crearon derrumbarse. Los seductores saben que la posibilidad del placer hará que una persona los siga, y que experimentar ese placer les hará abrirse.

—Hay que ser un tanto cínico para pensar así. No tener complejos morales.

—Nayi, los seductores, como los políticos, son completamente amorales en su forma de ver la vida. Bueno, ¡deben serlo! No hay otra forma de resistir el peso de la culpa. Para los que ven la vida de esa manera todo se trata de una diversión, un campo de juego.

—Un juego en el que se puede perder. Como vos, supongo. Perdiste, ¿verdad?

—Vos sabés que siempre he sido hombre de pocas palabras. No que no me guste hablar o entablar relación, más bien prefiero la soledad; el ruido de las cosas nos desenfoca del camino. Hay una serie de peligros con esto, con vivir así, aislado del mundo, el primero es que se aprenden pocas cosas por la falta de contacto con la gente, el segundo peligro, y en mi consideración el más nefasto, es que uno es más propenso a las tentaciones. ¿Acaso puede uno huir para siempre de sus propios demonios, absteniéndose de sus placeres? Cuanto más uno se aleja del pecado, más desenfrenos acumula para la posteridad; el resultado puede ser fatal: un instante de descontrol o una explosión de éxtasis que traiga consigo la tragedia. Pues bien, yo soy uno de tantos que cayó en las profundidades de su propia tentación y sobrevivió para contarlo.

—¿Sobrevivir? La cosa fue grave entonces. Pero vení, llegó o no llegó la vieja a la cafetería.

—Sí. A los pocos minutos. Yo estaba leyendo el primer tipo de personalidad seductora, la sirena, mujeres peligrosas, capaces de brindarle al hombre el máximo de placer con una pisca de peligro, y de pronto una silueta se posó frente a mí. Era ella. Hola, qué más, me dijo. Lucía muy diferente en persona. Los pómulos más grandes, más cachetona y el pelo no tan liso; el espejismo de las redes sociales. Lo que compensó la incongruencia mediática fue su voz; era una voz que parecía robada de una mujer más madura, grave como las cuerdas de un violonchelo. Sus ojos eran de color verde oscuro, con destellos marrones que se precipitaban sobre las pupilas, su mirada tenía todos los misterios y secretos ocultos en sí mismos.

—Creí que eran negros.

—Yo también. Y cuando me miró, inmediatamente cerré la tablet y la invité a tomar asiento. Siempre almuerzas solo, me dijo. No, nunca estoy solo, le mentí, como si se tratara de una obra de teatro. Noté que me miraba diferente. De vez en cuando dirigía su mirada a mis labios y luego volvía a mis ojos. Y a qué te dedicás, le pregunté, qué hacés en el área de Publicidad. Me dijo que era coordinadora del nuevo proyecto de publicidad online para promocionar la última colección que lanzó la compañía. Yo quería saber más de ella, más que sus intereses de trabajo, quería hurgar en su mente, saber cuáles eran sus aspiraciones personales, si tenía sueños, si creía en algo, si estaba soletera. Me limité a escucharla hablar de su trabajo. Decía que había sido coordinadora de grandes proyectos a nivel local, que sus campañas han sido elogiadas por agencias en Europa.

—¿Agencias europeas? ¿No es algo excéntrico? Osea, si así fuera no creés que trabajaría en una empresa más grande. Claro que esta empresa es grande, pero si fuera cierto que es tan buena, al menos yo no me quedaría aquí. ¿No se lo preguntaste?

—No quise dañar el momento. Esa es una pregunta tajante. Seducción Nayi, seducción. La elogié, le dije que era admirable. Y luego dijo algo que me desarmó, Tú eres admirable, en esta empresa todos te conocen, mis respetos, comparada contigo, tú estás en la cima. Y sonrió, volviendo la mirada a mis labios y ladeando la cabeza un poco.

—Hija de… Te estaba seduciendo. Te das cuenta de lo idiota que fuiste.

—¿Cómo así?

—Harri, las mujeres somos así. ¿Sabés cuál es la mayor debilidad de los hombres, su talón de Aquiles?, que se creen todo lo que les dicen. Pero algo quería esa vieja, algo quería.

—En eso tenés razón. Pero en ese momento no lo veía claramente. Seguimos hablando del trabajo, de los placeres mundanos a los que sucumbimos diariamente para entretenernos del desánimo, y ninguno tocó el tema del estado civil del otro. No se lo pregunté porque sabía que estaba soltera. Mejor dicho, uno no miraría así a un hombre si está en una relación.

—Sos tan ingenuo. Parecés un adolescente. Las mujeres también son así. Las mujeres pueden tener novio y qué, si les gusta un man, van y se lo comen. Sencillo. Además, ¿quién dice que no podemos hacerlo?

—¿Te estas confesando?

—No me refiero a eso, es sólo que ese mito de que las mujeres son todas santas esta devaluado. Harri, nosotras también tenemos tentaciones, no creás. Solo que en esta sociedad machista, si una mujer se acuesta con un tipo por mero placer, es una perra, pero si el hombre lo hace…

—Es un gañan.

—Ahí está. Ahí está. Bueno, ¿pero ella no te preguntó si estabas con alguien?

—No. En ese momento era la única pregunta que quería que no me hiciera. Sabía que si lo hacía tendría que responder que estaba casado. Y en el fondo no quería. Por mi experiencia, los juegos misteriosos, las miradas picantes y todo eso, acabarían. Además, en mi Facebook aparezco como casado. Si le decía que no a una community manager, reconocería la estafa inmediatamente.

—Es que eso es lo más extraño. Osea, si ella era tan hábil en las redes, cómo no iba a revisar en tu perfil si estabas en una relación o no. Para mí que ya sabía y quería probarte.

—Eso no es lo más extraño. Lo más extraño sucedió esa noche, cuando llegué a casa y me enteré que Roberto la tenía agregada en Face.

—¿Roberto? ¿El que trabajó como asistente de publicidad en T&B?

—Sí, ese marica. Mirá, luego de almorzar con la vieja nos despedimos y quedamos de vernos otro día. Yo me fui con varias cosas en la cabeza: por un lado sentía que me atraía físicamente, quería desnudarla, tenerla en mi cama, por el otro lado me seguía pareciendo una mujer enigmática, un dulce extraño que no sabes su sabor porque no lo venden en ninguna parte. Al llegar a casa mi esposa me esperaba con la cena lista, estaba toda empapada en sudor y aferraba con sus manos el trapeador; los gatos se habían orinado fuera del arenero. Me preguntó cómo me había ido en el trabajo y le dije que todo bien. Ella aguzó los ojos y se fue al lavadero. Yo entré a la habitación, me desajusté la corbata y sentí un deseo incontrolable de revisar el Facebook, encontrar allí algún mensaje suelto, una invitación obscena, un saludo íntimo en un mensaje que me permitiera volver a escuchar su voz de violonchelo. Agarré el celular y abrí el chat. Un mensaje suyo decía, Me encantó conocerte en persona, espero verte de nuevo. En ese momento entró mi esposa al cuarto y yo bloqueé el celular en un acto demasiado sospechoso para una mujer que sabe oler perras, infidelidades a metros de distancia.

—¡Qué cagada! ¿Y qué hizo tu esposa?

—Mmmmm, mijito, dijo, mire a ver. Y yo, como un idiota, con la cara pálida y los ojos yertos, le dije, Mire a ver qué, amor, qué pasó. Ella cerró la puerta, con fuerza, y me dejó sólo en el cuarto, con la comida enfriándose en el comedor de la sala.

—No creo que ella esté dispuesta a perdonarte otra infidelidad. Yo no te perdonaría.

—No lo estaba. No me iba a pasar ni una sola más. Por eso necesitaba ser sigiloso, tener el control total de la situación, saber a qué me enfrentaba esta vez. Por eso le escribí a Roberto. Bien o no Harri, me respondió, cómo va todo. Le expliqué que había una mujer que trabaja en mi empresa y que él conocía. ¿Cómo se llama?, me dijo. Cuando le dije el nombre, Roberto solo mandó un emoticón, ese del muñequito que tiene la boca como un cierre.

—Silencio.

—¿Qué?

—El emoticón, significa silencio. Ahora sí que está extraño todo esto.

—Esa vieja es peligrosa manín, me dijo. Inmediatamente le pregunté el porqué. Pues papi, me dijo, la vieja es como rara, es un misterio, lo único que yo sé de ella es que le encanta llamar la atención. Yo trabajé con ella mucho tiempo en una agencia y pues, me dejó varios sin sabores. Está buena, eso sí, pero cuando me enteré de lo que hizo, me alejé de ella. Luego de varios minutos chateando, Roberto me confesó que la vieja había estado almorzando con el director de la compañía, un tipo adinerado que montó su empresa con la esposa y que construyó una firma publicitaria muy prestigiosa en Bogotá. Luego de varios meses de andar con ella, el director renunció a su cargo y la esposa se fue a vivir a España. Se habían divorciado y la empresa iba a ser liquidada. Fue un chisme de pasillo que terminó en escándalo.

—Pero, ¿qué tenía que ver la vieja en eso?

—Todo, tenía que ver en todo. Resulta que la vieja le mandaba fotos desnuda al director al WhatssApp, y el director le mandaba fotos del miembro. La esposa un día vio las conversaciones y las fotos y llamó a la vieja para insultarla. Ahí acabó ese matrimonio y todo el edificio que habían construido.

—No jodás, Harrison. Me imagino que eso te bastó para no buscarla más.

—Es extraño, pero resultó todo lo contrario, me dieron más ganas de saber quién era esa mujer.

II

—¿Este bar es nuevo?

—No, ya lleva tiempo. Me gusta el concepto: años 80, rock, cigarrillos. A veces traen bandas caleñas o de Bogotá. El tiempo es otro aquí. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste a un lugar así?

—El fin de semana pasado.

—Mentiroso.

—No, en serio, con un par de viejas, ya sabés, nada nuevo.

—No me creás pendeja. No te queda ni tiempo para almorzar.

—Ya me conocés. Estábamos en lo de Cleopatra.

—Sí. Sí. Escucho.

—La mayor seductora de los años 48 antes de Cristo. Te decía que una noche César hablaba de estrategia con sus generales en el palacio egipcio cuando llegó un guardia para informar que un mercader griego estaba en la puerta con un valioso obsequio para el jefe romano. César, como divertido, autorizó el ingreso de del mercader. El tipo entró cargando sobre sus hombros un gran tapete enrollado. Desató la cuerda del envoltorio y lo tendió con agilidad, dejando al descubierto a la joven Cleopatra. Ella, semidesnuda, se irguió ante César como toda una diosa. Tenía apenas veinte años y su hermosura asombró a todos. Según un autor romano, el nombre ahorita se me olvida, Cleopatra estaba en la plenitud de su esplendor. Tenía una voz deliciosa que no podía menos que hechizar a quienes la oían. El encanto de su personalidad y sus palabras eran tal que atrajo a sus redes al más frío y determinado de los misóginos. Cesar quedó encantado tan pronto como la vio. Fueron amantes esa misma noche.

—Se convirtió en la reina más poderosa del imperio, ¿no? Tengo entendido que Cesar obedecía todo lo que ella le pedía. ¡Lo que puede una cara linda!

—No solo una cara linda. Una personalidad arrolladora, la seducción y el placer. La personalidad de la pantera: peligro y belleza en un mismo cuerpo.

—¿La pantera?

—Según los antiguos, la pantera es el único animal que despide un olor perfumado. Usa este aroma para atraer y capturar a sus víctimas. Pero, ¿qué sucede con un aroma?, ¿qué hay en el canto de las sirenas que nos seduce, o en la belleza de un rostro? La seducción radica en la pura apariencia. Los ojos que seducen no tienen significado, terminan en la mirada; el encantamiento reside en lo que se oculta.

—El misterio en la mirada…

—Exacto. Cleopatra era en realidad una mujer físicamente ordinaria. Nada del otro mundo. Los hombres no percibían eso, lo que vieron fue una mujer que no cesaba de transformarse ante sus ojos, una mujer espectáculo. Apariencia realzada, voz armoniosa, embriagadora. Sus palabras eran banales, pero las pronunciaba con tanta suavidad que los oyentes no recordaban lo que decía, sino cómo lo decía. De Cleopatra aprendemos que lo que hace a una sirena no es la belleza, sino la vena teatral, lo que permite a una mujer encarnar las fantasías de un hombre.

—Y hacia allá te estaba llevando esa vieja de la empresa. Hacia sus fauces.

—Estoy tentado a pensar que las sirenas sí existen.

—Por favor, Harrison. Existen en tu cabeza.

—Ponéme cuidado, Nayi. Los juegos de seducción fueron llevándome más y más hacia un abismo sin retorno. De un momento a otro empecé a obsesionarme con ella, con su voz, sus fotografías, ese mundo de ficciones que inventaba para mí y que me hacía deleitarme en mis propias fantasías sexuales. Escuchaba una y otra vez los audios que me dejaba en Whatsapp, avanzada la noche, sólo para sentir la cadencia de su voz acariciarme los tímpanos. Me encanta tu personalidad, decía, me fascina como me hablas. Miraba los estados de Whatsapp y ella había subido un video en donde meneaba una copa con vino tinto, en una habitación con cama destendida al fondo, velas encendidas en un nochero. Llegué a soñar un par de veces con ella. Adquirí el hábito de cerrar los ojos cuando hacía el amor con mi esposa. Había entrado en mi mente y no quería irse, o  más bien, yo no quería dejarla ir.

—Esperáte, ¿cómo es que tu esposa no se daba cuenta?

—Me encerraba en el baño con la excusa de que iba a cagar. Y entonces conversaba con ella. Nuestras charlas eran más filosóficas que pasionales. La vida se trata de dar rienda suelta al tiempo, le decía, dejarse envolver en las pasiones y tratar de salir ileso de ellas. Me gusta la soledad, decía ella, vivir así es encontrarse con uno mismo. Cuando la confianza fue creciendo me atreví a preguntarle que cómo hacía para estar una noche tan hermosa ella sola, encerrada en su casa. Me respondía que el vino y el sexo eran buena compañía, y yo le decía que el vino era el mejor aliado de un hombre solo. En su Whatsapp solía poner una foto de un cactus y una mujer abrazándolo. Le pregunté en cierta ocasión sobre su seudónimo en redes sociales y su afición por los cactus. Debería tener cuidado contigo, le dije una vez. Los cactus solo hacen daño si se cogen con fuerza, contestó. Mi esposa caminaba cerca del baño, podía escuchar sus pies descalzos desplazarse de un lado a otro, y luego se quedaba todo en un silencio rotundo. En ese momento caía en la cuenta de que ya había pasado un tiempo prudente como para cagar. Mis defecaciones no son tan grandes.

—Estabas jugando con fuego. Y las mujeres tenemos un sexto sentido para esas cosas. Sabemos cuándo nuestra pareja nos oculta algo. De seguro era cuestión de tiempo para que se cayera tu obra de teatro.

—Yo creo que ella sospechaba, Nayi. Estoy seguro que sí. Pero en mis desesperados intentos por prolongar el placer de lo prohibido, cambié las claves del celular, del Facebook, del Gmail. Por supuesto fue una pésima idea. Un día, a las tres de la madrugada, sentí que mi esposa respiraba agitada, mientras tecleaba números en la pantalla de mi celular. ¿Qué pasa?, le pregunté. ¡Nada Harrison, nada! Y se aventó contra la almohada, dándome la espalda, no me dejó ni tocarla. Sabía que algo le ocultaba. Luego teníamos esas discusiones en las que yo le decía que cada pareja merece su privacidad, que si cambiaba las claves era porque no quería que nadie tuviera acceso a información privilegiada de la empresa. La verdad era que tenía una sirena nadando en la piscina de mi casa y no quería que nadie la encontrara.

—Estabas llevando a tu esposa a un viaje sin retorno.

—¿Un viaje?

—Harrison, lo único que ibas a lograr con esa actitud era levantar más sospechas. Mirá, a mí Daniel me salió con la misma excusa de la clave hace unos meses. ¿Te digo la verdad?, eso mermó mi confianza con él, hasta el punto en que casi le termino. Porque en lugar de aceptar el argumento, lo que solemos hacer es poner una barrera, estar alertas, obsesivas; el miedo de perder a alguien que amamos nos hace comportarnos de formas enfermizas. Me volví posesiva, malgeniada, también cambié todas mis claves. ¿Y para qué?, sólo sentía que nos estábamos negando algo, la posibilidad de ser sinceros. Una noche le dije que si tenía algo que decirme que me lo dijera en la cara de una buena vez, vos sabés como soy de frentera, y que si seguía comportándose como un detective conmigo, lo iba a dejar. Cambió, pero la confianza demoró en recuperarse. Es más, creo que ya no es igual que antes.

—A mi esposa le pasó algo similar, aunque ella nunca me confrontó con lo de que me iba a dejar. Optó por hacer de cuenta que nada pasaba. Ojos que no ven…

—Corazón que no siente.

—La cosa empeoró cuando, una noche, la vieja y yo hablamos por Whatsapp, yo en el baño, ella en su habitación de sabanas destendidas y velas ceremoniales. Me dijo que se sentía sola, que le hacía falta compañía. No supe qué decirle. Torpemente le sugerí que visitara a sus padres, y me dijo que no podía, que estaban demasiado lejos como para tomar un bus y llegar en pocas horas. Soy la peor hija, confesó, tengo problemas emocionales serios, Harrison, a veces no soporto estar sola. Quería decirle que en unas horas iba para su casa, imaginé por un momento que nos tomábamos la botella de vino y luego consumábamos la soledad en el sexo. La imaginé entre mis brazos, penetrándola sobre el mesón de la cocina, contra el respaldar de la cama, encima del nochero, apoyados sobre la ventana, mirando la luna o la noche, los ojos verdes en mis pupilas, las velas encendidas, la habitación en sombras.
»Yo esperaba impaciente alguna sugerencia, una invitación entre líneas, una señal escondida en algún mensaje de voz, pero, de todas formas, ¿qué iba a decirle a mi esposa?, ¿que iba a tomarme unos tragos con unos amigos? ¿Y qué amigos? No tenía amistades. Amor, tengo que reunirme con mi jefe de área, resultó un problema en la empresa, o, Amor, mi mamá está muy enferma, tengo que ir ahora mismo. No. Renuncié a la posibilidad de ir a su casa. Siendo sensato, era imposible. Le pregunté, como para cambiar de tema, que qué actividad le gustaba aparte de hacer publicidad. Me dijo que le gustaba el piano. ¿Y a ti?, me preguntó, como quien no quiere la cosa. La guitarra, respondí. Y en ese momento mi esposa abrió la puerta del baño. Estaba sin seguro.

—¿Te vio la conversación?

—¡Claro! ¿Quién es esa vieja?, me dijo. Nadie, una pelada del trabajo, le contesté. Me arrebató el celular de las manos y salió corriendo en dirección al cuarto, como una niñita. Yo salí corriendo detrás de ella, con los calzoncillos abajo, el miembro de aquí para allá.

—No era necesario el detalle.

—Se encerró en el cuarto. Le dije que me abriera la puerta, que debía respetarme, que yo nunca cogía su celular para revisar sus cosas. Nunca me abrió la puerta. Esa noche dormí en la sala, desnudo. Al día siguiente me levantó y me dijo que si quería desayunar que me sirviera yo mismo. Luego agarró su bolso y se fue al trabajo. Cuando llegué a la empresa, traté de buscar a la vieja. No sé por qué pero sentía que debía abrazarla, decirle que podía contar conmigo.

—Más bien querías verle las tetas.

—También, pero sobretodo ofrecerle mi más sincera amistad. Como sea, el caso es que no la vi en todo el día, de seguro no había ido al trabajo porque luego de pasar por el departamento de Publicidad no logré distinguirla.

—¿Te estas escuchando vos mismo? Qué cínico. De verdad estabas hechizado, literal, hechizado. Es cierto lo que dicen, que una mujer es capaz de dominar el mundo si aprende a seducir a los hombres.

—Sí, es verdad, pero hasta cierto punto. Hay ciertos peligros en tener una personalidad de sirena seductora. Y pronto habría de descubrirlos, no sin antes caer yo mismo en lo más profundo de mi obsesión.

III

—Mi Nayi, por más ilustrada que sea su época, ninguna mujer puede mantener con soltura la imagen de estar consagrada al placer. Y por más que intente distanciarse de eso, la mancha de ser una mujer fácil sigue siempre a la sirena.

—Qué machista.

—Pero es verdad.

—Lo peor es que sí. Una vez la gente te ven como una fácil, quitar la mancha es más difícil que limpiar un antecedente judicial.

—A Cleopatra se le odió en Roma, donde se le consideraba la prostituta egipcia. Ese odio la llevó finalmente a la ruina, cuando Octavio y el ejército buscaron extirpar el estigma  ella había terminado por representar para la hombría romana. Aun así, los hombres suelen perdonar la reputación de la sirena. Pero el precio de escoger ese camino es alto: la enorme atención que atrae la sirena resulta irritante, y algo peor, la sirena en muchos casos intenta librarse de ella sin obtener resultados, otras veces preferirá atraer una atención no sexual. Y ni hablar de la belleza física, todo eso se marchita con el tiempo.

—Pero no era que la sirena seduce por su personalidad y no tanto por su apariencia.

—Sí, pero pasando cierta edad, esa impresión de seducción es difícil de proyectar. No sé si recuerdas por qué se suicidó Marilyn Monroe.

—No soportó ser vista como un mero objeto sexual.

—Nadie soporta eso por mucho tiempo, y nadie puede sostener una obra de teatro más allá del final. Luego de salir de la empresa fui a recoger a mi esposa al trabajo. Decidimos ir a un centro comercial, tomarnos un café, comer unas galletitas o un brownie. Queríamos olvidar los pleitos de la noche anterior y tratar de distraer el tedio de las deudas. Mientras ella estaba allí, tomando su café, sentí una vibración en mi muslo derecho. Saqué el celular y miré de soslayo a mi mujer; prefirió decirme que se iba para el baño.

—Era la vieja.

—No. Es decir, sí, pero me envió un mensaje desde otro teléfono celular, un Whastapp diferente. Me pareció extraño porque el mensaje con el que me saludó reanudaba la conversación de la noche anterior. Me decía algo como que: así que te gusta tocar guitarra, a mí me gusta el piano.

—Raro eso.

—Le pregunté si se trataba de la misma chica. Me dijo que sí, que había tenido que cambiar de teléfono porque el otro se había deshabilitado. No le paré bolas y le seguí la conversación, cuidando de que mi esposa no me espiara por detrás. Y entonces me preguntó algo que me dejó cinco minutos cavilando.

—Que tuvieran sexo.

—No. Ya que sabés tocar guitarra, dijo, ¿cuál me tocarías?

—Jaja… esto se puso bueno.

—No te riás, es serio, me dijo que cuál le tocaría. Te juro que tardé unos minutos en responderle. La pregunta parecía una trampa. Recordé las películas griegas en donde las sirenas, luego de seducir a los marineros, los arrastran al fondo del mar. Sabía que algo estaba fuera de lugar. Es decir, nunca nos habíamos hablado de esa manera. En ese momento llegó mi esposa y me dijo que debía enviar un documento por e-mail. Mientras ella hacía sus diligencias con el celular, yo le respondí a la vieja por el chat. No sé cuál te tocaría, le dije, hace mucho no toco guitarra.

—Esperáte, ¿no era que querías sexo con ella? No estoy diciendo que debiste decirle eso, sabés cómo pienso sobre esos temas. Pero por qué no simplemente le respondiste que querías tocarle una, no sé.

—Hay que hacerse desear, Nayi. Eso dice el libro de seducción que te comenté. Los hombres fáciles no son tan atractivos. El caso es que no le seguí el juego, aunque ella insistía una y otra vez. A ver, decía, ¿cuál me tocarías? Cuando me sentí acorralado, le escribí: Eres sirena, de Sin Bandera.

—Saliste bien librado.

—Todo lo contrario. Luego de unos minutos sin mandarnos mensajes, me escribió, tajante, ¿Eres feliz con tu esposa?

—¡Se te metió a la cocina!

—¿Cómo putas supo que yo tenía esposa?

—Te dije que una vieja de esas no podía ser tan tonta de no revisar tu estado en Face.

—Me quedé frío. Le respondí que eso era un tema muy personal, que no tenía por qué insinuar que yo era infeliz. Guardé el celular y miré a mi esposa: tenía el ademan de una mujer que ha aprendido a luchar con la vida, los ojos cansados, el pelo castaño realzando su ovalado rostro de piel trigueña, siempre con su peculiar sonrisa de todo saldrá bien. ¿Qué pasa?, me dijo. Nada, le mentí de nuevo. Recordé la parte del libro en donde el norteamericano dice que la seducción es para personas amorales. El celular vibró un par de veces en mi muslo derecho. Terminé de un sorbo el café y volví a abrir la conversación. Me había escrito algo que me hizo comprender que hasta allí había terminado todo juego, las conversaciones filosóficas, las señales indirectas de querer comernos por el chat, los encuentros fugitivos en el baño, la voz acaramelada que podía repetir incansablemente en el chat, la cama destendida más allá de la copa de vino, las velas sobre el nochero, las fantasías de penetrarla mirando por la ventana en una oscura noche caleña. Perdón, me dijo, solo quería saber si eres feliz con tu esposa. Sabés que podés contar conmigo como una amiga, continuó, Si querés nos vemos mañana, a las cinco de la tarde, en un centro comercial.

—No me digás que le dijiste que sí.

—Sí, le dije que sí. Una parte de mí quería confrontarla, decirle que no era bueno que se metiera en mi vida privada, y otra parte quería volver a ver su rostro. Salí del chat y cuando levanté la mirada, mi esposa me miraba a los ojos. Luego bajó la cabeza, terminó el último pedazo de brownie y me dijo que ya era hora de irnos.
»¿Eres feliz con tu esposa? La frase me martillaba la conciencia, como un susurro interno que no me dejaba pensar claramente. Abrí el chat y le escribí a la vieja que mañana no íbamos a vernos en ninguna parte, que no me volviera a escribir. Agarré de la mano a mi esposa y caminamos por los pasillos solitarios del centro comercial en dirección al parqueadero. Casi a punto de llegar al carro, la detuve y le dije, Perdóname, no te he tratado como debería ser.

—¡Le confesaste todo!

—No. Le dije que iba a mejorar, sólo eso. Que la amaba mucho. Llegué a preguntarle que qué significaba la felicidad para ella. Su rostro se fue derritiendo como una vela, sus ojos se enjuagaron en lágrimas. No lo sé, me respondió, ¿tú eres feliz? Quiero aprender a ser feliz, le dije, quiero aprender. Y nos fuimos en el carro, atravesando la ciudad con un blues de fondo. Esa noche hicimos el amor como no lo hacíamos en mucho tiempo. La amé esa noche, Nayibe, le hice el amor como si al otro día se fuera a acabar el mundo, y luego nos dormimos como dos bebés que han llorado toda la tarde. Creí que todo había acabado. Pero no.
»Unas horas después sentí un rumor en el cuarto. Me hice el que seguía dormido y me dispuse a escuchar. Mi esposa respiraba como un búfalo. Decía una y otra vez, Esta perra no contesta. El corazón me empezó a palpitar con fuerza, mi cuerpo rehusaba moverse, no quería saber qué pasaba al otro lado del cuarto. Luego escuché de nuevo, ¡Esta malparida no contesta! No aguanté la intriga y me volteé, fingiendo que me había despertado de repente. Harrison, me dijo, por qué este man me está mandando unas fotos y unos mensajes a mi celular, unas fotos y unas conversaciones tuyas con una vieja.

—¿Este man?

—Sí. Yo estaba igual de perdido. ¿Cuál man?, le dije, alzando la vos. Pero no me dejaba ver su celular. A ver, amor, le dije, todo tiene explicación, todo tiene explicación. Pero se puso eufórica y luego de varios minutos, me mostró su celular. Alguien le había enviado las fotos de la conversación que la vieja y yo habíamos tenido esa misma tarde, en el café.

—¿Y cómo consiguió el teléfono de tu esposa? Qué peligro esa gente.

—Ni idea, no sé quién se lo dio. Con rabia traté de explicarle a mi esposa que había sido un error permitirle coger tanta confianza, que sí, que tenía razón con lo de las redes sociales. ¿Y ese malparido no te envió lo último que le escribí?, le dije. Nada. Después de varios minutos escuchando su sermón sobre el deber ser de un marido y las artimañas de la mujer ramera, me dijo que necesitaba tener las claves de todas mis cuentas si quería seguir en la relación. A los pocos minutos fui al baño y me llevé el celular, quería aclarar el asunto, insultar al que estaba detrás de todo eso. Ya empotrado en la tasa del baño, abrí el Whatsapp y noté que había un mensaje enviado desde el teléfono con el que había chateado esa tarde: Ahí le mande unas foticos a su esposa, yo soy el novio de ella, y ahí le dejo para que aprenda a respetar.

—De modo que sí tenía novio la muy perra.

—Semanas después vi un estado de ella en mi Whatsapp. Me pareció extraño porque pensé que ya no usaba su antiguo número de teléfono. Le escribí para decirle que lo que había hecho no tenía perdón. Y muy campante me dice, ¿De qué hablas? Negó a ver tenido una conversación conmigo la tarde que estuve en el café. Negó tener un novio. Negó tener otro número de teléfono. Dijo ser una mujer decente, luego me insultó, lamentando el hecho de que todos los amigos que conocía la traicionaran de esa manera.

—¡Qué! ¡Toda una desquiciada!

—Traté de buscarla en la empresa, semanas después, para decirle unas cuantas verdades en la cara, pero en el departamento de Publicidad me dijeron que la habían despedido por documentación falsa. Había desaparecido.

—¿Ves? Yo sabía que algo raro tenía esa vieja. En fin, seductor infalible, se podría decir que tus estrategias de hacerte el difícil te salvaron de algo peor.

—No sólo eso, Nayibe. Aquí entre nos, estuve a punto de enviarle fotos de mi miembro una noche. ¿Podés creerlo? Si no fuera porque mi esposa apagaba el wiffi cuando me demoraba en el baño más de la cuenta, no sé cómo hubiera terminado esta historia.

*Este cuento hace parte de una colección de obras inéditas y están registradas en la propiedad de derechos de autor según la ley vigente. Todos los derechos reservados.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .