Jíbaros asechan colegios de Cali | Reportaje

Este artículo fue publicado en El País de Cali el día 5 de junio del 2017 y fue finalista de los premios de periodismo Alfonso Bonilla Aragón 2017 en la categoría Mejor producción universitaria.

Por Harold Cortés


Son las 6:oo de la mañana. Dos hombres conversan en la Calle 3 con Carrera 62, frente a un colegio púbico de la zona. Al cabo de unos minutos, uno de ellos entrega un paquete a su compañero y se aleja discretamente hacia un parque. El otro se dirige en su bicicleta a un arbusto y enciende un cigarrillo, luego recorre la cuadra de extremo a extremo con mirar inquieto.

Treinta minutos después, los hombres entablan una última conversación. En este caso, hay más intercambios de paquetes, miradas graves, conversaciones en secreto. Al terminar, uno de ellos se dirige hacia la institución educativa. Se oculta por la parte trasera, espera hasta que unas manos se asomen por las rendijas y entrega la mercancía. Se trata del vigilante de la cuadra, un consumidor habitual que distribuye psicoactivos a los jóvenes de una institución y que tiene contactos con diferentes ‘jíbaros’ que frecuentan la Comuna 19.

Este es uno de los casos de microtráfico que se presentan en la ciudad. Según un investigador del grupo Infancia y Adolescencia de la Policía de Cali, el microtráfico afecta a toda la ciudad. Hasta el momento se han detectado 124 bandas.

En el 2016 y en lo que va corrido de este año, se han erradicado alrededor de 246 expendidos de droga, de los cuales 21 se situaban en áreas cercanas a escuelas.

—El tráfico de estupefacientes es el principal generador de delincuencia e inseguridad en la ciudad —afirma el policía de Infancia y Adolescencia.

En la ciudad, alrededor de 24 entornos escolares se ven afectados por la venta de drogas en 16 de las 22 comunas. Los colegios públicos son los más afectados, sin embargo, en los estratos 5 y 6 el consumo y venta de drogas también va en alza.

En mayo pasado (2017) arrestaron a una madre y a su hijo, señalados por las autoridades de vender tortas, brownies y galletas con marihuana. La investigación inició porque los estudiantes de un colegio privado los llevaron a una kermés y algunos se intoxicaron.

Según informes de la policía, las modalidades de venta en los colegios varían. Generalmente, los llamados ‘jíbaros’ se ubican a las afueras de los colegios y venden la droga a los estudiantes al salir de clases o durante el recreo, a través de alguna reja de la institución.

—Los estudiantes ya reconocen quién vende las drogas —explica el Policía—. Estos ‘jíbaros’ no cargan más de la dosis personal permitida de marihuana según las leyes colombianas, la cual es de 20 gramos.

Agrega que se conocen casos en los que los padres de estos estudiantes son expendedores de sustancias ilegales, quienes a su vez hacen parte de bandas de microtráfico y utilizan a sus hijos para vender y repartir la droga en las instituciones. Lo que más alarma a las autoridades es que se han visto casos de niños de hasta 8 años repartiendo droga en las escuelas.

La coordinadora de convivencia de una institución privada dice que estas formas de distribución varían:

—Teníamos un muchacho que vendía chocolates. Eso está prohibido en el colegio, por eso él usaba su saco y traía su mercancía. En ocasiones, algunos docentes no se percataban pues pensaban que se trataba de un dulce, pero disfrazado con el chocolate estaba la droga.

En ese plantel, un niño de primaria encontró un cigarrillo de marihuana en un inodoro. Fue así como los directivos de una institución ubicada en el sur de la ciudad comprendieron que había jóvenes que distribuían drogas. Así descubrieron que el dueño del cigarrillo era un estudiante de grado séptimo, de 14 años. Luego de varias reuniones en coordinación de convivencia, el joven confesó quién le había vendido la droga: una de sus compañeras del salón.

—La joven confesó que lo hacía porque tenía dificultades financieras en su hogar —comenta la coordinadora—, sin embargo, la verdadera historia era que su novio, un estudiante de grados superiores, la manipulaba para que vendiera por él las drogas que conseguía de un ‘jíbaro’ de su barrio.

Y es que los estudiantes temen denunciar porque a la salida pueden ser señalados por los ‘jíbaros, explica la coordinadora, quien además agrega que para guardar la integridad de sus estudiantes prefieren atrapar a los vendedores en el acto.

Según informes de la Policía Metropolitana, uno de los mayores inconvenientes a la hora de trabajar en casos de microtráfico es que detrás de los estudiantes hay una red de negocios organizados, como las bandas criminales ‘Los Rastrojos’, ‘Los Urabeños’, ‘Los Buenaventureños’ y ‘Los Paisas’; esto obliga a las instituciones a proceder con cautela.

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Una banda de “jíbaros” desmantelada en el 2016, según las autoridades, vendía drogas como 2CB y éxtasis a estudiantes. (Foto archivo El País)

Un negocio redondo 

A las 6:00 de la tarde, en otro colegio en el oeste de la ciudad, cuando los estudiantes salen de sus clases, la venta de psicoactivos empieza. La mayoría de los compradores son estudiantes de bachillerato que no solo consumen, sino que concretan estrategias con los ‘jíbaros’ para inducir a los más pequeños a consumir drogas.

Las estrategias son tan ingeniosas como alarmantes: rotos en las chaquetas de promoción en donde esconden la droga; huecos en las paredes por donde intercambian dinero y droga entre salones; cartucheras llenas de cocaína en donde pueden inhalar sin ser descubiertos; droga dejada en los tejados que luego recogen en horas de descanso; rollos de marihuana escondidos dentro de los lapiceros; sacapuntas llenos de marihuana que se camuflan con restos de lápiz.

Cerca de algunos colegios se han identificado ‘oficinas de cobro’ que, incluso, han reclutado a egresados de las mismas instituciones. La venta de drogas no se refiere solo a la marihuana, sino también a drogas sintéticas como 2CB, éxtasis y LSD. El consumo de estas drogas afecta a jóvenes entre 14 y 17 años en promedio, pero también a niños entre 7 y 8 años.

Los precios de un cigarrillo de marihuana varían entre $1000 y $2000 en colegios oficiales. Para un colegio privado puede llegar a costar entre $5000 y $10.000. Por eso no sorprende que algunos estudiantes se aprovechen de los más débiles.

—Ellos saben a quién vender la droga —concluye la Coordinadora del colegio privado—. Los vendedores estudian a sus compañeros de clase y a todos los que observan que tiene problemas familiares, adicción a las drogas o vacíos emocionales, les venden. En otras palabras, han construido un perfil del posible consumidor.

Falta de afecto y atención, tras el problema

Cuando cumplió 9 años ya era adicta. Cuatro años más tarde, afirma que ha probado todo tipo de drogas, la mayoría, adquiridas en el colegio. Sin embargo, todo empezó en su casa. Su madre no estaba enterada de la situación hasta que un docente descubrió que la adolescente era una consumidora habitual. Sus ojos amarillos, hablar pasivo y movimientos tardíos, fueron pruebas de su condición.

Fue así como inició un proceso de rehabilitación. Dice que había llegado a prostituirse con sus compañeros de clase por un poco de marihuana. Una docente de una institución educativa al sur de la ciudad, donde estudiaba la joven, comenta que todo eso ocurrió en el colegio, en un baño.

—Es triste. La niña está en séptimo grado y apenas se está recuperando de su condición.

La entidad que brindó asistencia se llama Caminos, una corporación que trabaja en pro de la prevención y tratamiento del consumo de sustancias psicoactivas en jóvenes y adultos. Esto, a través de un servicio de prevención y otro de tratamiento.

La coordinadora del servicio de tratamiento de la Corporación, Adriana Samboní Vallejo, afirma que actualmente cuentan con un programa para consumidores habituales la cual es una red de apoyo para jóvenes de 10 a 18 años, en donde se trabaja con un modelo de 12 pasos de la comunidad terapéutica, que tiene una duración de 7 meses con tratamiento ambulatorio.

—Debido a la falta de afecto familiar y los vacíos sentimentales son el común denominador en estos jóvenes, nuestro mayor aliado es el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) —afirma Samboní, quien a su vez destaca la alianza con los centros de salud de la ciudad y la Red de Bibliotecas, con las cuales trabajan la inclusión de los jóvenes; y la Corporación para la Reconciliación Popular, con proyectos en el Parque de la Caña.

Por otra parte, la Secretaría de Educación trabaja en conjunto con estas entidades a través de las Zonas de Orientación Escolar, ZOE, ubicadas en los colegios de Vista Hermosa, Nuevo Latir e Isaías Duarte Cancino, con los cuales se busca brindar oportunidades de desarrollo sociocultural a los jóvenes.


Informe

  • El año pasado (2016) la Fundación Ideas para la Paz y el Ministerio de Justicia realizaron un informe en el que identificaron el Cali 24 entornos escolares afectados por la venta de drogas.
  • Develaron que, en la periferia de los centros educativos hay casas o puestos móviles donde jibaros se “ponchan” a ofrecer basuco, marihuana y cocaína. El estudio relacionó la incautación de drogas en 2014 y 2015 en cinco ciudades del país, incluyendo a Cali.
  • En el caso de la capital vallecaucana, las autoridades tienen identificados 24 entornos escolares de la ciudad, en 16 de las 22 comunas, donde hay expendidos.
  • Isaac Beltrán, investigador de la Fundación Ideas para la Paz, afirmó en esa ocasión que la situación que vive Cali en materia de microtráfico es alarmante. “Estuvimos een ciudades como Medellín y Bogotá, pero creo que de todas, Cali es la que tiene más sitios de expendidos fijos o móviles en carcanias a colegios”, dice Beltrán.
  • Agregó que las cercanías a los colegios se han convertido en el sitio más rentable a largo plazo para vender droga en exteriores.

 

*Este artículo fue publicado en El País de Cali el día 5 de junio del 2017 y fue finalista de los premios de periodismo Alfonso Bonilla Aragón 2017 en la categoría, mejor producción universitaria.

 

 

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