Antes que desembocara la lluvia | Cuento

Antes que desembocara la lluvia sobre el pueblo, la familia Dolores Santofimio era tan ajena a sí misma que dicho nombre no describe con acierto su naturaleza. Aquellas mañas de hijos deseados y padres nobles eran hábitos de otro tipo de personas. Ya no se reconocían, habían dejado a un lado eso de ser parientes; ya no urgían de una manada. Lo que sí puede decirse de los Dolores Santofimio es que sufrieron las eventualidades del campo y del olvido. Fueron borrados del libro de las sociedades y guardaban rencores tan ciertos como la muerte y odios tan profundos como la pobreza. El rostro de cada uno lo decía, más bien lo gritaba: el rasgo genético de la miseria les habían alcanzado desde hacía diez generaciones.

Aquella noche, antes que desembocara la lluvia, Nicanor Dolores fue a su habitación para buscar las razones para quedarse en dicha casa de bahareque y no irse a donde sólo el infierno le siguiese. Traspasó la penuria del cuarto, luego se quitó sus botas de caucho y se limpió la tierra encarnada en sus manos con las sábanas vírgenes que su mujer había lavado hace un par de horas. Se dijo, como un acto filosófico: «Ser pobre es duro, mano. Todo tiene un precio, cada ser humano tiene un precio. Si la mierda tuviera precio, los pobres naceríamos sin culo… ¿en qué momento me volví pobre?». En seguida se aproximó a un espejo roto que dividía su rostro en mil pedazos. La figura que vio fue la más exacta representación de sí mismo; un reflejo preciso del estado de su alma, de las injurias que había soportado lidiando una y otra vez con sus demonios. En una mesa de madera vieja, masticada hasta el cansancio por la polilla, había un cuchillo de carnicería. ¿Qué hace un hombre inconforme con un cuchillo en la mano? A Nicanor Dolores le pareció atractivo el olor de la sangre una vez más.

En aquella misma hora, antes que desembocara la lluvia, María Santofimio vistió una bata blanca y salió a tomar aire a una huerta a pocos metros de la casa. Caminó varios metros, como si supiese que algo terrible estaba a punto de ocurrir. Se dice que las mujeres tienen un sexto sentido, una capacidad de percibir tragedias a horas de distancia. Eso era cierto para María. Conforme avanzaba, el camino era pedregoso, hiriente, y ella había decidido irse sin botas porque quería «sentir un dolor más fuerte que aquel que llevo en el corazón». Pero fue inútil. Nada era tan grande como el sufrimiento que le producía aquella forma de vida a la que felizmente había excedido con un sí, cuando Nicanor le propuso matrimonio en una cantina, borracho. Se tumbó en el pastizal para ver si así lograba disipar el duelo. Dubitativa, se dijo: « ¿Cuándo mi vida se volvió una mierda? Mi Madre me lo dijo, ¡sepa con quién se casa!, ¡no le diga sí a el primer impostor, muerto de hambre, idiota, desalmado! Pero el amor lo obsesiona a uno, lo hace más estúpido, ciego. Dicen que uno debe amar hasta que duela y que si duele es buena señal. Pero, ¡cómo duele el amor!». A unos metros se encontraba un frondoso árbol de mamoncillos que sus ancestros habían plantado hace varios años. Una soga para atar caballos estaba en el pastizal. A María Santofimio le pareció atrayente aquella sensación de asfixia que experimentó por primera vez en las profundidades del río San Juan.

En ese mismo instante, antes que desembocara la lluvia, Sor Inés, la única hija de Nicanor y María, se preguntaba en su cuarto si acaso era necesario vivir bajo el frio techo sin afecto de sus padres. Se le ocurrió escaparse con un tipo, un idiota más bien, pobre como ella, campesino inexperto con hijos regados en otros pueblos, de modo que, invadida por el cólera, echó toda su ropa en una bolsa negra, vistió unas botas de caucho y se abrigó el cuello con una manta sucia con olor a diablo. «Me hubieran dejado morir cuando nací. ¿Escaparme con Arcadio? Jamás. Un corazón solitario no es un corazón, ajá, razón tenía ese poema». Un corazón. Pensó durante horas en esa palabra. Luego, tirada en el suelo con los brazos rodeando sus piernas, observó la navaja oxidada con la cual, hace unos minutos, se había cortado todo su cabello. A Sor Inés le pareció interesante dibujar con fuerza un corazón en su antebrazo.

Al fin desembocó la lluvia. Era fuerte, pero extrañamente silenciosa.

Al cabo de unos segundos un trueno sacudió la aldea. ¿En qué momento comenzaría a desmoronarse la humilde casa de bahareque? María Santofimio, que regresaba de la huerta, corrió al interior de la casa. Todo estaba oscuro. Una espesa niebla rodeó las habitaciones, el baño, la cocina. María percibió en aquella oscuridad sombras de estatuas en todos los rincones: la Virgen María, San Pablo, San Antonio, pero de su hija y su marido no había indicios de existencia.

Se escuchó un gemir en uno de los cuartos y entonces un olor grueso se metió por sus narices.

—¡María! —le importunó Nicanor. Lucía como un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste—. ¡Pareces un espanto, mujer!

Un grito ahogado se oyó a pocos metros de la habitación. Una voz taciturna: «Socorro».

Nicanor y María no sabían si ir por su hija o salvarse a ellos mismos, pensaron que aquel era el momento preciso para huir de aquella familia maldita, fue la ocasión perfecta de Nicanor para escaparse y morir en otra parte, Me largo, me voy de esta casa y abandono esta pobreza. Pero no pudo, la fuerte borrasca arrojó troncos contra las paredes y atascó las puertas. María pensó que aquella era la oportunidad para fugarse por las ventanas, Me voy, por fin, me separo de este inútil mal nacido. Sin embargo, el agua que se coló por el techo y por los agujeros que la polilla había logrado ejercía una presión sobre sus pasos y cuando la tormenta llegó a su furia máxima, el techo de latón renunció a la casa y el diluvio derribó las pocas cosas que durante años la familia había atesorado. En ese instante las paredes de barro se convirtieron en lodo ocre como el estiércol, la salita se consumió. María lo lamento, se oyó decir entre las sombras. Te quiero Nicanor, se escuchó a lo lejos. Siempre te quise mujer. Quizá Nicanor. Cuando el cuarto de Sor Inés se derrumbó por completo ya no hacía falta ningún miembro en la familia, volvían a estar juntos, como debía ser, y se escuchó un perdón, confesiones: Te fui infiel con diez vecinas del pueblo. Yo también te fui infiel, Nicanor, con once vecinos. Yo estoy embarazada de Arcadio.

Un silencio dilatado.

Maté a un cura hace años. Robé una tienda. Extorsioné a los vecinos. Maldije la catedral. Torturé a un niño. Envenené un té que no tomaste. Traté de venderlas como prostitutas. Les hice brujería durante años. Le pagué a unos tipos para que los asesinaran pero no llegaron. Maté al gato negro de Sor y lo enterré en la huera.

En ese instante la casa ya no era su casa, estaban sobre el liso suelo de un barranco, lo que quedó de sus recuerdos se deslizó por la pendiente y así la tierra que sostenía sus débiles cuerpos se desprendía poco a poco en el silencio.

En aquél momento la familia vio a la muerte de su lado. La habían deseado hace un par de horas, eso es cierto. Quizá por eso hacía presencia, esperando el momento indicado. Pero ahora los Dolores Santofimio se aferraban a la vida. No pensaban renunciar a ella luego de tan amargo purgatorio de pecados. No. «Vete, no queremos morir», le dijo Nicanor.

Pero al ver aquél espectro, sereno y satisfecho en las sombras que dejó la tempestad, Nicanor compendió que el destino le había atendido y que había muerto, él y su familia, antes que desembocara la lluvia en aquel pueblo.

*Este cuento hace parte de una colección de obras inéditas y están registradas en la propiedad de derechos de autor según la ley vigente. Todos los derechos reservados.

Un comentario en “Antes que desembocara la lluvia | Cuento

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .