Lo que nunca confesé | Cuento

Esa noche me ofrecí a llevarlos a casa. Habíamos salido del estadio luego de un partido de la liga de fútbol y nos dirigíamos por la Calle Quinta, en dirección a la Avenida Sexta. Cuánto tiempo había pasado sin saber de ellos; fue una suerte encontrarlos en la multitud de hinchas. Lo cierto es que los cuatro nos hallábamos otra vez reunidos, me refiero a Albin, nervioso, de cabello castaño y rizado; Yeisson, idealista graduado de Filosofía, que donde quiera que iba hablaba de la importancia de las lecturas de Schopenhauer a temprana edad; Daniel, el profesor de colegio y yo. Íbamos por la Calle Quinta, decía, cerca del Monumento a Jovita en el Parque de los Estudiantes, y de súbito Yeisson señaló en dirección al Colegio S***.

—Casi no salimos de allí, ¿no? —dijo.

Daniel me observó como un feligrés que quiere confesarse. Sus pobladas cejas que ocultaban el entrecejo se arquearon hacia el centro de la cara, otorgándole un aspecto lúgubre.

—No me digan que están pensando en… —dijo Yeisson—. Hace unos días hablaba con alguien sobre eso.

—Te referís a… —comentó Albin—. ¡Qué embarrada!

—Ya que a nuestro conductor le gusta contar historias —me dijo Yeisson—, que nos refresque la memoria.

La noche estaba salpicada de lluvia. Las luces amarillas se duplicaron en el asfalto, otorgando a la calle una semejanza de cuadro abstracto que de mirar por un par de minutos hacía perder el sentido del carril por el que se debía conducir. El parabrisas se empañó, en las esquinas y hacia el centro. Encendí el aire acondicionado y reduje la velocidad.

—¡Contá pues, Lucumí! —exclamó Albin, removiendo su trasero en el asiento.

Daniel, más perplejo que intrigado, cruzó los brazos a la altura del pecho y fingió que miraba hacia las casas del barrio San Antonio.

En aquellas épocas el colegio S*** era de ladrillo rojizo y con aspecto de clínica de rehabilitación: paredes frías, piso de cerámica, corredores largos y anchos que permitían transitar a toda suerte de almas en un flujo constante. Su director, cuyo nombre no vale la pena recordar, era un tipo de expresiones duras. Daba la impresión de que podía ser todo un canalla si se lo proponía. Y no diría que le gustaba vestir traje formal azul marino sino fuera porque lo recuerdo como un golpe en el tabique.

Una mañana el director me hablaba en su oficina sobre las consecuencias de infringir la ley. Su cara tenía un tono rojo hacia las cienes. Sobre su cuello resaltaba una gruesa vena que se dilataba cuando pasaba el límite de cinco palabras por segundo.

—Así que te pasáste de listo —me dijo, sin esperar una respuesta.

Bajé la mirada.

—Tenés dos opciones —agregó, apoyando el codo sobre el escritorio—. La primera es que me digás lo que pasó en la clase del profesor Salomón y te un castigo menor, algo como limpiar mi oficina durante unos meses.

—¿Y la segunda? —me atreví a preguntar.

—¿Y es que todavía se atreve a escoger? —dijo y sonrió—. ¿Cómo le parece, Salomón? Los pájaros tirándole a las escopetas.

Salomón estaba sentado en un viejo sillón de cuero. Llevaba su anticuada boina de lana gris que de tanto usarla había aplastado su pelo semicanoso. Tenía una nariz rubicunda de cuyos bordes se extendían unas líneas hasta la comisura de los labios.

—Perdóneme que le digam director, pero ya que me pregunta, a Lucumí hay que darle una sanción más estricta —se atrevió a decir—. Es que, mírelo nada más, ni siquiera siente remordimiento.

—Contáme lo que pasó, Lucumí —dijo el director—, y mejor que sea rápido. No tengo tiempo para estas cosas.

—¿Quiere que le digo la verdad? La clase de español es pésima —le confesé.

En ese instante Salomón no se pudo contener. Se levantó de la silla.

—¿Y ya? —gritó—. ¿Está escuchando a este jovenzuelo?

—Ya, ya, profesor Salomón, siéntese.

—No tiene remordimiento y ha perdido la razón. La señora Carlota está en lo cierto cuando dice que Lucumí está desconectado moralmente.

Al ver que Salomón no acató la orden, el director lo despidió de la oficina. Al parecer le era igualmente insufrible.

—Ni crea que esto se queda así —decía entre dientes—. Le aseguro que esto no se queda así.

Al volver el rostro hacia el director noté que había cambiado de postura: el cuerpo en el borde de la silla, un rayo de ira en la mirada. Le confesé todo lo que pasó en el salón, salvo algunas excepciones.

El plan era sencillo: lograr que la clase de español de noveno grado fuera un infierno. Días antes me había reunido en la cafetería con unos compañeros para ingeniar la estrategia. Tracé un bosquejo en una hoja y luego les dije a todos lo que tenían hacer.

Esa mañana el sol se cernía entre las ramas de los árboles y entraba por la ventana, iluminando el rostro de Salomón. La obra literaria de los autores alemanes le resultaba asombrosa. Sólo en esos momentos su semblante era ligero y se movía de un lado a otro del salón, batiendo sus manos como dando una cátedra universitaria. Tomé un trozo de papel, lo mastiqué hasta que quedó como una piedra viscosa, lo introduje en un pitillo y luego le disparé al cuello de Albin. Un alarido trajo de vuelta la atención de Salomón. Allí estaba yo, con el pitillo entre las manos, rodeado de una multitud de risas.

—Te agradezco la sinceridad —me dijo el director esa mañana. Sacó una regla de madera de unos treinta centímetros y agregó: —extendé las dos manos.

Habíamos cruzado el túnel de la antigua Calle Colombia en dirección a la Avenida Sexta. El ambiente era enérgico. Se bailaba bajo una noche de luces que se extendían desde las discotecas como un lienzo sobre el vapor de la lluvia. Yeisson, Albin y yo nos miramos, cómplices. Sabíamos que la anécdota tenía que acabar con unas buenas cervezas. Daniel no pudo hacer otra cosa que resignarse, a pesar de que había intento convencer a su esposa de que llegaría tarde.

Entramos a un bar. Yeisson, que parecía disfrutar la figura de una mujer escotada, comentó que «la soledad es la suerte de todos los espíritus excelentes». Y lo dijo por Daniel, quien se encontraba rígido, escuchando las mejores piezas del Joe Arrollo pero limitándose a cerrar los ojos porque, según dicta su religión: «los placeres de la carne apartan al hombre del reino de los cielos».

—Estas yendo a la iglesia pues —le preguntó Yeisson a Daniel.

—De vez en cuando.

—Ese es un negocio brutal. ¿No?

—Dejá sano al hombre —dijo Albin—. Veni, Daniel, y desde cuándo te volviste tan… cómo lo digo sin ofender.

—¿Marica? —interrumpió Yeisson, riendo.

—No seas güevón —dijo Daniel, pero la frase le sonó impostada, como un acorde en falso en un solo de piano.

—Parecés un cura guevón —replicó Albin—. Si no fuera por el anillo juraría que…

Un mesero se acercó a la mesa. Sacó una libreta de apuntes y nos miró como esperando una respuesta.

—Cuatro politas —le dije.

—¿Algo más?

—Politas.

Cuando el tipo se fue los cuatro permanecimos en silencio. Sonaba la canción Son Apretao del Joe.

—Estabas en la parte cuando el director te rompió la regla en las manos, Lucumí —dijo Albin.

En ese momento llegaron las bebidas. Eran las 9:30 de la noche.

La verdad detrás del sabotaje a la clase era que los cuatro queríamos salir y necesitábamos dinero. Mi madre nunca me daba un peso aparte de los mil quinientos para el descanso; decía que cualquier peso completaba para una libra de arroz o un puñado de fríjoles, que el dinero no era para botarlo en guachafitas de adolescentes, que la situación estaba muy dura. Pasaba lo mismo con mis tres compañeros: los cuatro éramos hijos de madres solteras. Teníamos que valernos por nosotros mismos, conseguir nuestros propios recursos. En eso consistía el plan. Yeisson y Daniel debían sacar la billetera del maletín de Salomón, mientras el viejo me arrastraba de la camisa hacia la oficina del director.

A lo mejor dirán que en situaciones como esta la moral debe prevalecer sobre todo deseo. Y tienen razón. Pero la moral se modifica, muda, de tal modo que la conciencia rehúsa intervenir —por un breve periodo de tiempo— ante una fechoría. La necesidad disuelve como azucarillos los más arraigados principios morales.

Cuando el profesor regresó al salón, Daniel, el más menudo de todos, ya se había deslizado entre el alboroto de estudiantes y había sacado la billetera del bolso.

En la tarde nos reunimos en el Parque de los Estudiantes y ese día, lo recuerdo bien, era amarillo. Amarillo y nada más. Los cuatro fuimos apareciendo como una hojarasca movida por el viento. Yeisson con una camisa rosada y portando unos lentes gruesos que agrandaban el tamaño de sus ojos. Albin vestido con jean y una camisa negra de cuello redondo que hacía resaltar su piel salpicada de pecas. Daniel con su camiseta blanca estrictamente planchada y ajustada con una correa que hacía juego con sus zapatos del colegio, los únicos que tenía.

—¿Cuánto le sacamos al viejo? —dijo Yeisson.

Tomé la billetera. Al abrirla noté que tenía dos fotos. La primera de una niña de pelo castaño y ojos hundidos. Una de esas fotos fondo azul que sólo sirven como retrato en una billetera. La segunda era una foto en sepia, sin duda era Salomón, de unos diez años, instalado en un escritorio de colegio. Hurgué en uno de los bolsillos y distinguí, doblados y húmedos, cuatro billetes de veinte mil pesos —unos cuarenta dólares de la época.

—Parce, esto no está bien —decía Daniel.

—Dejá la bobada —comentó Yeisson—. Ese viejo se lo merece.

Daniel daba vueltas. Se mordía los labios. Renegaba.

—¡Si esto sale mal, los sapeo!

—Dejá el visaje, Daniel. Más bien gastémonos eso rápido. En una hora es la película, de súper héroes.

No recuerdo con exactitud el nombre del centro comercial, lo cierto es que habíamos tomado un taxi directo al cine. Si tan solo hubieran visto el rostro de cada uno reflejados en las vitrinas de los almacenes. Los párpados fatigados y sin embargo, con un signo de esperanza en aquella existencia tan vacía. El cine era un palacio con baldosas tan limpias que se debían pisar con temor a resbalar. Determinamos que Albin y Daniel comprarían las boletas. Yeisson y yo fuimos a la confitería.

Al llegar a la sala indicada me percaté de que, a diferencia de las otras, no tenía asistente. Entramos en fila india, con cautela. Una luz me permitió comprobar que no éramos los únicos. Cuando llegamos a la parte alta de la sala, un tipo de barba desaliñada nos advirtió que revisáramos bien el número de la silla, «y no vayan a botar las boletas, se las van a pedir».

Albin revisó sus bolsillos. Había terror en sus ojos, un temblor en cada una de sus expresiones.

—¿Qué pasa, gordo? —le pregunté

—¡Voté las boletas! —renegó—. ¡No las tengo!

Daniel se encogió de hombros. Se preparaba para hablar.

—Parce, vámonos de aquí, vámonos —repetía.

Yeison, Albim y yo permanecimos unos instantes en un silencio tenso. Treinta segundos de reloj. Recorrimos la sala. Barrimos los asientos con las manos. Vaciamos nuestros bolsillos. Pero habían desparecido.

Tras el incidente sentí calor por toda la cara. De pronto el espacio cerrado de la sala se me antojo insoportable.

—Deben estar por allí, en alguna parte —dije al fin—. Voy afuera a buscar.

Recuerdo que me dirigí al baño y los pasillos del cine eran largos y espaciosos, lo que trajo a mi mente el Colegio S***.  Las pupilas se me habían dilatado, tanto que por un momento sentí que las paredes del baño se comprimían, lanzándose sobre mí. Grandes gotas de sudor corrían por mi cuello. Traté de reconocer entre las formas del baño las boletas, y fue hasta entonces que sentí vergüenza.

De vuelta por los pasillos, una silueta se interpuso en mi camino. Era la de un hombre, el delgado cuerpo envuelto en un suéter de lana y acompañado de una niñita.

«¿Salomon?». Nos reconocimos casi al mismo tiempo. Justo antes de dar media vuelta, el viejo me sorprendió de un grito:

—Oiga, Lucumí, quédese donde está.

La niña frunció el ceño, parecía no saber si Salomón me saludaba o me regañaba.

—¡Así lo quería ver!

—¿Cómo así, profe?

—¿Cómo así qué, mariconcito? Esta es la última vez que se burla de mí.

—Cálmese —le dije, con el bombo de mi corazón apretándome las sienes.

—¡Deme lo que me pertenece, ladrón!

En ese momento un impulso eléctrico recorrió mi cuerpo. Estaba paralizado. Sudaba frío y sentía nauseas. ¿Cómo nos descubrieron? ¿Quién le habría dicho? Mi mente se invadió de pensamientos de culpa y de ira. Entendí que así se sentía ser descubierto por la conciencia, verse desnudo ante el otro y no tener con qué cubrirse. Mi madre lo decía: «algún día toda maldad sale a la luz».

—¿Cómo se atreve a robarme? Iré hasta las últimas consecuencias. Iré hasta las últimas con…

Sus palabras enmudecieron. Las esqueléticas manos se aventaron contra su pecho y apretaron el suéter, con fuerza, como si quisieran desenterrar un puñal. Los ojos perdieron su órbita. Las rodillas flaquearon, temblaron sobre sí mismas y dejaron al cuerpo a merced de la gravedad. Cuando alcé el rostro observé a mis amigos salir de la sala.

—¡Es Salomón! ¡Parece muerto!

Daniel fue el único que no huyó del lugar.

Esa noche no dormí. Los fantasmas del muerto hicieron presencia. Sí. Salomón murió de un infarto, el último de una cadena de ataques cardiacos que había tenido que padecer los últimos meses.

Al día siguiente, en el Colegio S***, el director entró al salón. Lucía como un hombre lúgubre, envuelto en un aura triste.

—El profesor Salomón no volverá a dar clase de español —dijo con voz de órgano.

Los estudiantes empezaron a susurrarse: «se cansó de nosotros», «mejor que se fue», «¿y quién leerá los cuentos?». Yeisson, Albin, Daniel y yo enmudecimos.

—No volverá a dar clase porque murió ayer en la tarde.

Entonces los susurros cesaron y pareció como si todas las almas presentes hubieran abandonado sus cuerpos.

—¡En cinco minutos los quiero a todos en el patio principal, no lo diré otra vez! —añadió el director, luego esperó a que todos salieran y me llamó aparte—: escuchá, sé que tuviste que ver con esto, al igual que tus amiguitos. Te espero en mi oficina después del acto. Los años que te quedan en estas instalaciones no te alcanzarán para pagar el castigo.

Ya en la fila, por un momento, volví a sentir el extraño encanto de las obras de los autores alemanes. Salomón estaba muerto y los cuatro habíamos… La voz del director se alzó bajo el sol de las nueve de la mañana, y los otros muchachos, contagiados por los mismos sentimientos, comenzaron a lamentarse. En medio de ellos, con el uniforme desarreglado y la ropa sucia, Daniel lamentó la pérdida de la inocencia y las tinieblas del corazón y del hombre.

Llovió hacia las once de la noche. Las calles se adelgazaron de autos y de música y de luces. Daniel, que toda la noche había optado por mantenerse al margen, se removió en su asiento, inquieto, como si quisiera decir algo.

—¿Qué pasa, Daniel? —preguntó Albin.

—Les voy a confesar algo —dijo, dirigiendo la mirada a la botella de cerveza—, el día que fuimos al cine, yo fui el que botó las boletas. No aguanté la culpa.

Albin puso su mano en la barbilla, con la boca medio abierta, riendo de asombro. Yeisson  terminó de un sorbo lo que quedaba de su botella y le hizo señas al mesero. Luego dijo, citando como de costumbre a su filósofo de cabecera:

—Todo lo que ocurre, desde lo más grande a lo más pequeño, ocurre necesariamente.

*Este cuento hace parte de una colección de obras inéditas y están registradas en la propiedad de derechos de autor según la ley vigente. Todos los derechos reservados.

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