La muerte del escritor

Querido Alex,

Veo que te has tomado la tarea de replantear tu blog. Incluso le has cambiado el nombre, optando por una categoría más amplia que manifieste tu simbología personal. De paso te pido disculpas por no responder a tiempo tu mensaje: tuve un viaje a Barcelona, España, en ocasión de un encuentro de tutores de escritura. Ya sabes, las cosas que impone un trabajo como el de ser profesor de español en un colegio franciscano. Pero no me quejo, al fin viví esa experiencia de recorrer las calles de un país con semejante tradición literaria, extasiado de tantas personas, sentadas en bancas, de pie en el metro, a la orilla del muelle o en las catedrales leyendo un libro.

Ver todas esas almas absorbiendo tantas vidas ficticias es siempre reconfortante, inspirador. Ahora entiendo por qué muchos escritores recomiendan a quienes quieren dedicarse a las letras viajar a Europa: aquí la gente lee hasta el reverso de los paquetes de condones. «¡Qué cojones!» 12 libros por año el índice de lectura —ni decir de los 2 libros por año que se leen en Colombia.

Pero ya tendremos tiempo para hablar sobre la urgente necesidad de abrir las fronteras culturales e idiomáticas en la literatura, ahora quiero hablarte de algo que aprendí en Barcelona con el escritor madrileño Vicente García, un tipo nada especial a los ojos pero que ha ganado 10 premios internacionales con tan solo 3 novelas. Hablamos de la muerte del escritor.

En tu último mensaje dijiste: “cuando escribimos un libro no termina el martirio, al contrario, apenas comienza, porque quién va a leerlo tiene la llave de tu alma y tú tienes que quedarte divagando en espera de que te entiendan”.

Quiero que sepas que valoro tu apreciación. Pero precisamente es eso lo que debe evitar el autor, según decía el madrileño: explicar, tanto en el texto como en persona, todo lo que acontece en la obra artística, es improductivo.

No siempre se puede —se debe— explicar la obra que se ha creado, amigo.

El arte se siente, se percibe, se absorbe y compara, pero nunca pretende una única interpretación.

Las obras que mejor cumplen su papel estético son aquellas que se pueden transmutar a la experiencia de su lector, las que no tienen verdades absolutas sino que abrazan en sí mismas diversas definiciones, todas dependientes de la cosmovisión del que se acerca a contemplarlas.

¿No pasó lo mismo con Mario Vargas Llosa y su afamada novela La Ciudad y los Perros? ¡Sucedió! Y vaya que Vargas Llosa aprendió la lección. En un encuentro de escritores, un autor mexicano hizo una apreciación sobre esa novela, diciendo que uno de sus personajes, el Jaguar, un tipo que no se dejaba de nadie y que cumplía un papel casi antagónico, fue el verdadero protagonista de esa historia.

Sabrás que en ese colegio apareció un estudiante muerto y el Jaguar aceptó que él había sido el único asesino. Pues bien, en medio de cientos de personas, el escritor mexicano le dijo a Vargas Llosa:

—Es increíble que usted haya inventado un personaje como el Jaguar, un muchacho que aunque se mostró como el antagonista durante toda la historia, asume la culpabilidad por un asesinato que él no cometió, justo al final. ¡Fascinante! Muy original.

—Pero me parece que el Jaguar sí asesinó a ese muchacho —le dijo Vargas Llosa, con el ceño fruncido.

—Ah, no. Él no lo asesinó. El Jaguar aceptó la culpabilidad por el asesinato del joven para pasar como un héroe ante sus compañeros y demostrar que en el fondo era buena persona, quería evitar que castigaran a todos los estudiantes del colegio.

La respuesta dejó sin palabras al escritor peruano, quien además aceptó que ese final era 70veces mejor que el que él había escrito.

Lo mismo ha ocurrido con el último poema que te envié, aforismos de un alucinado Valverdi. Te identificaste con el dolor que produce la ausencia del ser querido, pero no te he dicho que ese poema trata sobre la angustia que provoca el abstenerse de consumir heroína.

Por tanto, Alex, el texto es una reescritura, es un tejido de citas donde se mezclan todas las culturas, se reescribe y se reactualiza, dejando de ser una categoría fija. Por esto, tiene que desaparecer el autor, para que pueda existir el lector, como un agente reconstructor. En definitiva, se plantea que un texto es un entretejido de citas que vienen de distintos tipos de culturas. La muerte del autor abre la puerta a la aparición del lector y a esa voz interpretativa que finalmente da vida a la obra.

Martin Heidegger, en su ensayo Arte y Poesía, lo dijo de esta manera: “dejar que una obra sea obra es lo que llamamos la contemplación de la obra. Únicamente en la contemplación, la obra se da en su ser-creatura como real […] Si una obra no puede ser creada (pues necesita esencialmente los creadores), tampoco puede lo creado mismo llegar a ser existente sin la contemplación”.

Quizá el más amargo pero satisfactorio consuelo del escritor es que sus textos no le pertenecen a él sino a su cultura, y que en últimas son los múltiples lectores que se acercan a la obra quienes terminan de acabarla, dándole una forma definitiva a ese marasmo de pensamientos que fue la creación artística.

Seguramente reflexionar en esto nos permita un mayor goce estético en lo que leemos y escribimos, pero también logre desembarazarnos de ese penoso esfuerzo por explicar lo que creamos.

Eliecer,

Julio del 2003

 

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