Encontrar una voz propia como escritor

Veo que no has olvidado las mejores épocas del colegio. Siento un aire de pena en tus letras cuando evocas ese vasto mar del pasado; los diarios fueron sin duda el aliciente de nuestros delirios poéticos precoces. En tu mensaje le has dado incluso nombre: Daniela.

Ah, amigo, ¡las mujeres son una fuente de inspiración inagotable!

Qué forma más profunda de vivir es una mujer.

No en vano la mayor parte de tus poemas son un grito desesperado de todos los fantasmas que te aquejan; una defensa contra el sufrimiento y una alabanza al amor. Has dicho en tu poema Algunas noches de invierno:

 

Vinieras y te fueras dulcemente,
de otro camino
a otro camino. Verte,
y ya otra vez no verte.
Pasar por un puente a otro puente.
El pie breve,
la luz vencida alegre
.

 

Has conseguido que tu obra sea un autorretrato de ti mismo.

En este mensaje quiero responder a tu opinión sobre las experiencias de vida de un escritor. Y empezaré diciendo que la mayor preocupación de todo literato es encontrar una voz propia. Es un proceso tortuoso por el que debemos pasar los que queremos vivir de las letras. Y me refería a esto cuando te peguntaba sobre qué puede hacer uno si su diario vivir le parece pobre o si carece de experiencias enriquecedoras, de las cuales pueda tomar elementos para la ficción.

Dices que la manera de adquirir experiencias de vida es exponiéndose a ellas, pasar por el tamiz de la vida, probar cuanta cosa sea posible, explorar las fronteras de lo desconocido, exponer los sentidos a los más variados estímulos y luego reposar, interiorizar.

Pero me parece que, como dijo Frank A. Clark, todo el mundo trata de realizar algo grande, sin darse cuenta de que la vida se compone de cosas pequeñas.

Exponerse a todas las experiencias de la vida es, en todo caso, una utopía y un riesgo. ¿Puede un casado explorar todas las facetas de la soledad? ¿Puede una madre experimentar el odio por la vida? ¿Acaso un asceta querrá exponerse a las amistades duraderas y su inevitable ruptura?

Prefiero pensar que el escritor debe adherirse a las experiencias que cada día le ofrece su propia vida. Cada persona, según su psique, esta predispuesta a vivir experiencias únicas, inevitables, que le van a definir como sujeto. Pensemos en Charles Bukowski y su estética del placer, o Allen Ginsberg y su poética revolucionaria.

El trabajo del escritor es el de descubrir, como al quitar las capas de una cebolla, qué hay dentro de sí mismo.

Un poeta vallecaucano me lo dijo en un taller de cuento y poesía hace un par de años: para encontrar la propia voz se debe buscar en el pasado la potencia estética, es decir, el motor que impulsa la literatura, esa temática particular. Hay varios trucos para lograrlo.

  1. El primero viene de nuestras lecturas. Cada lectura nos provee una cosmovisión sobre el mundo, y nos indica, además, lo que somos y lo que no somos. De allí que haya lecturas que nos sugieran otros mundos posibles, revelando en nuestro interior inclinaciones estéticas.
  2. El segundo es el pasado. Somos nuestra memoria, decía Borges, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos. La vida primaria de la memoria es emotiva más bien que intelectual y práctica. De allí que hoy estemos atravesados por las experiencias que hemos vivido. Solamente pensemos en esto: ¿por qué nos gusta cierto tipo de música? ¿Acaso es casualidad nuestra forma de vestir o de hablar? ¿Y qué decir del color favorito de nuestra ropa interior? ¿Es fortuita nuestra predisposición por cierto tipo de amantes?
  3. Lo tercero es escribir. Fue Ray Bradbury quien dijo que antes de publicar una novela, un ejercicio para el escritor novel era escribir 200 cuentos. Aunque dudo que Ray Bradbury lo haya hecho antes de su primera novela, lo cierto es que el ejercicio permite hacer un rastreo de los temas afines, los que inquietan al escritor y se vuelven eco o germen de su estilo.

La potencia estética no es otra cosa que las intenciones artísticas del escritor, sus búsquedas de lo bello y lo grotesco, el móvil que le lleva a dedicarse a la contemplación de la vida a través del filtro de las letras. Esta búsqueda no es sólo necesaria sino vital; me atrevo a decir que de eso depende el destino del escritor: ser auténtico o ser un imitador de otros.

Recordarás aquella noche en la que el sueño se deslizaba y mi cuerpo rehusaba descanso, y te envié un S.O.S a través de una llamada. El cielo lucía como un mar de negrura y el aire helado acrecentaba el silencio. Quería que la penumbra fuera eterna y la noche, jamás, nunca jamás, fuera vencida de nuevo por el alba. Me acongojaba pensar en el vacío que había en mi memoria.

¿A dónde han ido a parar mis experiencias?

Dijiste que uno recuerda lo que no quiere olvidar y, en todo caso, que la búsqueda de la potencia estética es un desafío literario inaplazable. Hay que enfrentarse a él en algún momento, y más vale pronto que nunca.

 

Eliecer, Abril del 2003

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