Los hijos de la paz | Crónica

Tras el fin del conflicto armado entre el Gobierno y las Farc, la comunidad de indígenas Nasa del municipio de Toribío, Cauca, se prepara para fortalecer la identidad y la autodeterminación indígena. La educación, clave en el proceso. 

Por Harold Cortés / 12 de Abril del 2018

 “Nosotros no parimos hijos para la guerra sino para la paz”

El mensaje resalta en un muro de concreto, a pocos kilómetros de llegar al municipio con  el mayor número de tomas guerrilleras en la historia de Colombia: Toribío, Cauca. Es un grafiti de color rojo, contrastado por rostros de campaña de los candidatos al senado y a la cámara de representantes, que se la ingenian cada tantos años para asomar la cara en busca de algún voto.

Hay también grafitis rojos en las paredes de las casas, en las señales de tránsito, en las rocas peladas de las montañas, con las letras EPL, ELN o FARC; hay también, al borde del camino, casas de bahareque; un grupo de niños exploradores que piedra en mano caminan por una carretera de asfalto retorcida; alguna mirada grave, curiosa, que custodia a los turistas.

Rubén, un anciano desdentado que suele ver parir el alba en el parque principal, dirá más tarde que antes “no era fácil subir a Toribío”. Los retenes y encuentros armados entre la fuerza pública y las Farc eran frecuentes. Por eso sorprende la tranquilidad con la que se transita por la carretera, a pesar de que en otro tiempo, entre los años de 1980 y 2015, se registraron más de 600 tomas guerrilleras, alrededor de 40 muertes y hasta 1000 afectados por el conflicto armado.

En esta población, en donde el 97% hace parte de la comunidad indígena Nasa, ya no hay ataques guerrilleros, pero el temor por una nueva ola de violencia por el control de los territorios asoma a la puerta.

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Un resumen diría que Toribío se creó hacia los años de 1587, después de la destrucción de Caloto, ubicada en el Resguardo de San Francisco, Cauca. Que sus primeros habitantes fueron la tribu Tuníbio, cuyo significado señala su estilo de vida: tierra de licor y oro, y que estaba al mando del cacique Coyaima. Diría también que para el año de 1600, los Tuníbios se fueron extinguiendo, dando paso a la conformación de la etnia Paéz, hoy conocidos como pueblo Nasa. Que en 1700 el Cacique don Manuel de Quilo y Ciclos solicitó al Rey Felipe V de España que le entregaran las tierras ya habitadas por los pueblos Tuníbio, Cuetayó y San Francisco, para trabajar y pagar los tributos a la corona y que luego, tras la llegada del presbítero Lucas de Rojas y Velasco, se cambió el nombre del pueblo a Toribío, cuyo significado es: posada del peregrino y tierra de dinero.

Ezequiel Vitonás Tálaga, exalcalde de Toribío en dos ocasiones, cuenta la historia con la certeza de quienes la vivieron en carne propia. Es un tipo de expresiones duras y una mirada que parece conocer el otro lado de las cosas. Su lucha por el desarrollo del resguardo de Toribío en temas de autonomía indígena le ha permitido liderar el proyecto Nasa, que le ayuda a la comunidad a tener su propio gobierno según sus usos y costumbres, en materia cultural, económica y política.

 —El proyecto nace apoyado por el Padre Álvaro Ulcué Chocué, quien aplica el método ver, juzgar y actuar, con participación comunitaria. Al hacer talleres de análisis de la comunidad con los habitantes, hemos podido ver cómo estamos hoy, lo bueno y lo malo, para buscar salidas y saber qué podemos hacer por la comunidad.

De esta manera, el pueblo de Toribío ha podido desarrollar medicinas alternativas con plantas, avanzar en la piscicultura y fomentar la enseñanza de artes y saberes ancestrales para la conservación de las raíces culturales del pueblo.

—La educación de los jóvenes es parte fundamental de este proceso —comenta Ezequiel—. En eso se enfoca el proyecto Nasa, educación de la comunidad.

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Al preguntar por el centro de educación más representativo de Toribío se llega al CECIDIC, el Centro de Educación, Capacitación e Investigación para el Desarrollo Integral de la Comunidad. Una propuesta para la construcción de paz, el apoyo a la organización comunitaria y la educación para la vida.

Se trata de un terreno con una extensión de 96 hectáreas, un poco más de 90 canchas de fútbol profesionales. Fue construida en 1991 con el apoyo de los tres cabildos indígenas de Toribío, Tacueyó y San Francisco y organizaciones internacionales.

Allí, alrededor de 663 estudiantes se preparan en cursos regulares vigilados por el Ministerio de Educación Nacional, pero con un énfasis en la etnoeducación, las artes y saberes ancestrales, la agronomía y la piscicultura.

En este lugar trabaja Sandra, una mujer de 28 años que se encarga de enseñar a niños la lengua nasayuwe. Instalada en la “casa de la semilla”, una choza que alberga troncos de árbol cortados que sirven como escritorio, una cocina, un tablero y juguetes, esta docente en primera infancia da vida a las raíces indígenas de sus estudiantes.

—Cuando me dijeron a mí: “tome éste cargo de manejar a los niños”, yo dije: “uy, magnífico”, porque en la etapa en la que ellos están, tengo la oportunidad de que entiendan muy bien el idioma.

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Sandra y sus estudiantes en el CECIDIC. Clase de primera infancia y lengua Nasayuwe | Harold Cortés©

Este jueves (22 de Marzo), la profe Sandra, vestida con una camisa de la guardia indígena, atiende 10 niños entre los 2 y los 5 años. Dice que desde que era muy joven disfruta el contacto con los pequeños, y que ahora su sueño es recuperar la identidad de las nuevas generaciones.

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Sandra, profesora lengua Nasayuwe | Harold Cortés©

—Yo siempre he soñado en salir adelante con este proyecto, porque se está perdiendo nuestra identidad, nuestra cultura, los usos y costumbres —dice, combinando en cada frase el idioma español y el nasayuwe—. Mi proyección de vida es tener unos niños que  no se olviden de esta lengua y de sus raíces.

Reinaldo Opocué, coordinador del CECIDIC, dice que el centro educativo ha servido para hacer réplicas en otros municipios, sin embargo, proyectos como la cerrajería, ebanistería, piscicultura, confecciones o zapatería han disminuido, debido a que los recién egresados prefieren irse del pueblo para trabajar en la ciudad.

—Aquí ha salido mucho personal capacitado, pero unos, supuestamente para aprender más, se fueron a trabajar en empresas en la ciudad, y se quedaron allá. Muchos jóvenes que se han capacitado ya no están, lo que no trae progreso al pueblo.

Este es el caso de Leidy Liliana, una joven indígena de 17 años, estudiante de grado décimo, quien no titubea cuando se le pregunta por su futura profesión. Se ríe, toma con sus manos su brillante cabello de color negro, y luego responde:

—Me gustaría estudiar enfermería. Aquí no hay eso. Cuando me gradúe pienso ir a estudiar a Santander de Quilichao.

En lo que sí están de acuerdo los docentes y estudiantes del CECIDIC, es que el lugar es un paraíso. Los corredores verdes, los lagos en donde se crían peces, la piscina y el río que atraviesa el centro educativo, son algunos de sus atributos.

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Estudiantes de grado 10 del CECIDIC | Harold Cortés©

El rector del CECIDIC, Ruben Darío Escué, afirma que una de las claves para el desarrollo del proyecto Nasa es la educación política, la cual ha permitido formar jóvenes críticos frente a la realidad de la comunidad y del país.

—Nosotros somos indígenas, somos pueblo Nasa —dice Ruben—, y a partir de ese proyecto tenemos que fortalecer la formación política. La idea es tener unos estudiantes conscientes, críticos y analíticos de la realidad que está viviendo este país. Es una educación alternativa, diferente. La política es trasversal a todo lo que hacemos.

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Son las dos y cuarenta y cinco de la tarde y el sol apenas quiere. En el parque principal, en donde en otro tiempo las balas atravesaron al pueblo, los ancianos dan paso a la tertulia, algunas mujeres venden almuerzos caseros en carpas improvisadas y un par de niños juegan fútbol, sin miedo, felices.

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Estudiante del CECIDIC jugando en la cancha del parque principal de Toribío | Harold Cortés©

José Reinel es uno de los jóvenes que trabaja en la plaza. Observa cómo un niño le hace goles a su primo. Tiene veintitantos y atiende el negocio familiar desde que salió del colegio. Vive en el pueblo desde que tenía cinco años y fue testigo de varias tomas guerrilleras. Cuando cuenta cómo fue su etapa de niñez en el pueblo, uno no sabe si seguir escuchando o caerse de una vez por todas.

—Uno se acostumbra, ¿no?, de tanto hostigamiento. La gente de otros pueblos sí tenía miedo y nos decían que por qué no nos daba miedo. Para mí era normal. Era hasta sabroso cuando uno escuchaba eso…

Se refiere a las bombas y a las balas.

Luego clava sus ojos en la cancha y dice:

—Yo sólo estudié hasta grado noveno. No pude terminar por dedicarme a trabajar. Luego empecé con un bultico de ropa de lana para vender. La educación me parece bien. La gente, pa qué, no le gusta robar… no es como en la ciudad; en la ciudad no se educa bien a la gente, porque les gusta robar mucho, en cambio aquí uno anda tranquilo.

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José Reinel, trabajador independiente en la plaza de Toribío | Harold Cortés©

A pocos metros de la cancha, en un restaurante improvisado con techo de latón, Carmen le sirve a un hombre regordete un plato con arroz y pollo sudado. Es una mujer de baja estatura y sonrisa cálida, lleva puesto un delantal blanco y un gorro de cocina. Cuando no realiza oficios varios en las casas o no le sale trabajo para planchar ropa, se dedica a la cocina. Aunque su preocupación hace unos años era la violencia armada en Toribío, hoy el estudio y el futuro de su hija le inquietan.

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Carmen, asistente de cocina de un restaurante en la plaza principal de Toribío | Harold Cortés©

—Para mí es importante que mi hija estudie porque la situación está muy difícil. Nuestros padres a veces no nos daban el estudio porque decían que eso era para conseguir marido, pero yo digo que ahora el estudio es importante para trabajar.

Luego baja la cabeza, se mira las manos y susurra:

—Acá, pues, es muy poco lo que a uno le pagan… a uno a veces no le alcanza pa los muchachos, pero bueno, que con tal que lleguen a once es bien. Dicen que acá el cabildo ayuda, pero siempre lo que los hijos quieren estudiar es carito.

El jefe de la unidad de Educación de la Alcaldía de Toribío, José Miller Correa, explica que la educación es un pilar para el desarrollo del pueblo, sin embargo, hay un desafío: mitigar la deserción escolar. Por ejemplo, de una matrícula de 6983 niños en el 2016, el pueblo tuvo una deserción aproximada de 500 niños.

Según Miller, el problema radica en que el cultivo de marihuana y coca representa una alternativa financiera para los habitantes del pueblo, por lo que los jóvenes prefieren dejar sus estudios para dedicarse a este tipo de negocios ilícitos.

—Una estrategia es ver la problemática de manera integral —comenta Miller—. Muchas veces el desafío no es sólo de educación, sino de salud, familia, economía. La tarea es atacar los problemas desde la raíz. Lo otro es generar algunos espacios de ocio, como juegos intercolegiales y la guardia escolar, en donde los estudiantes han podido tener empoderamiento de sus propias comunidades.

Lo que sí es cierto es que el posconflicto ha permitido que la comunidad retome puntos clave del proyecto Nasa. Los habitantes, unidos por la misma sangre y tierra, se preparan para ser productivos en esta nueva etapa que vive el país.

***

De regreso a Cali observo de nuevo el mural con el grafiti de color rojo que proclama: “Nosotros no parimos hijos para la guerra sino para la paz”.

Un turista me observa, distraído y sonríe para sí.

—Estudiar en un colegio como el CECIDIC, allá en Cali, costaría una fortuna —comenta, haciendo una mueca con la boca— Esta gente es muy de buenas.

La tarde desciende, se pierde en las montañas. Reviso las fotografías en la cámara y me quedo entre sonreír o suspirar.

 

 

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