Del M-19 a líder social para mujeres | Perfil

Cuando los “barrios piratas” tocaron las calles de Santiago de Cali en 1970, muchos estudiantes se unieron para conformar un grupo de resistencia al Frente Nacional. El M-19 se hizo fuerte, aunque la violencia dejó una huella que pocos quiere recordar. ¿Qué hace hoy la generación que hizo parte de esa revolución?

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Del M-19 a Líder Social para Mujeres

39 años después de la confrontación del M-19 y el Frente Nacional en Cali durante 1970 y 1987, Gloria Estela Sánchez, militante del antiguo grupo revolucionario, explica cómo se convirtió en Delegada social para la mesa territorial de mujeres en la comuna 20 de Cali.  

«Ocurrió una noche. Yo llegaba a mi casa, en Siloé, y sobre la calle primera con carrera 42, un par de carros que no logré distinguir porque era de noche, se atravesaron. Me metieron a la fuerza en uno de ellos. Me colocaron una venda en los ojos y me dijeron: “si seguís gritando te matamos”».

Así empieza la historia de Gloria Estela Sánchez, una mujer de 53 años que durante su juventud hizo parte al movimiento de oposición al Frente Nacional: el M-19.

―Mi juventud fue difícil. Siempre fui rebelde, pero rebelde con causa ―dice con voz fuerte―. Cuando fui joven viví situaciones complejas, como las que viven muchas mujeres en la actualidad, especialmente el maltrato físico, emocional y psicológico de parte de mi padre, un militar de las fuerzas armadas de Colombia. Eso me obligó a luchar por mis derechos, a defender mi integridad.

En 1977, con tan solo 13 años de edad, Gloria Estela era catalogada como “la hija loca y la más rebelde de la familia”. Fiel seguidora de las ideologías del Ché Guevara y amante a la cultura tanto como a la democracia, esta joven soñadora se preparaba para su futuro como líder social.

―Considero que soy anti-sometimiento y anti-imposición ―comenta soltando una risa amable pero dura―. Quizá por esa razón vi en los grupos estudiantiles una oportunidad para hacer valer mis derechos, no solo como ciudadana, sino como mujer.

Para cuando Gloria ingresaba en la larga fila de jóvenes que marchaban por la democracia en Colombia en la década de los 70, En Santiago de Cali persistían oleadas de “barrios piratas” en zonas donde no existían servicios públicos básicos. Había una influencia política de los partidos y movimientos de oposición al Frente Nacional, como la MRL, el PCC y la ANAPO, quienes lograron tener una base social importante en estas zonas plagadas de inconformidades y demandas sociales insatisfechas.

Al ver su rostro afable y reposado, con ojos brillantes como dos lunas, es difícil pensar que esta mujer, con no más de un metro y cincuenta centímetros de estatura, fuera catalogada en su tiempo como una “guerrera”.

Hija de un padre autoritativo y una madre violentada en sus derechos como mujer, Gloria tomó la iniciativa de dar un paso más en su participación con los grupos estudiantiles del M-19. Luego vinieron las marchas, luego las amenazas y finalmente el secuestro.

―La noche del secuestro me llevaron con los ojos vendados en una camioneta hasta una guarnición. En ese lugar sufrí maltratos psicológicos y emocionales. Cuando me quitaron las vendas vi a un hombre esposado, completamente desnudo y ensangrentado. Estaba muerto. Tres días después logré salir ilesa, pero sin deseos de volver a la vida social.

Para Gloria éste incidente, junto con el asesinato de un compañero de milicia en un enfrentamiento con las fuerzas públicas, fue un impulso para luchar por su comunidad, sin revueltas, sin armas, con educación.

Y aunque para ello debió sobreponerse a sus propios miedos y traumas psicológicos, cuarenta años después, esta caleña licenciada en humanidades de la Universidad del Valle camina por las calles de Siloé recordando su pasado e impulsando a mujeres cabeza de hogar que son violentadas a diario por su condición social.

―Siempre soñé con estudiar agronomía, pero mi pasión es enseñar ―me lo explica como a un estudiante de su clase―. Lamentablemente aquí no te miran tu talento y tu educación, sino tu vínculo con la política, pero en la educación hay cambio, hay esperanza.

Gloria vivió la muerte de tres estudiantes pertenecientes a padillas en el barrio Agua Blanca en donde enseñó desde el 2008 durante cinco años consecutivos en la institución Antonia Santos. Pero también se llevó recuerdos invaluables, como el de Leonardo, un joven que estudiaba en las mañanas y en las noches hacía sicariato. “Años después iba caminando por el barrio y escuché unos gritos que decían mi nombre, era Leonardo, un estudiante universitario, echado pa’ lante”, dice con una sonrisa invencible, “creo que esos testimonios me ayudan a superar mis heridas del pasado”.

Su sueño de ser líder social empezó aquí, en el barrio que la vio crecer, en donde alguna vez la fuerza pública asesinó a cientos de hombres y mujeres revolucionarios: Siloé.

Su casa, o más bien la casa de su pareja sentimental, José Javier Novoa, está en la intersección entre dos calles de la ladera en el barrio Quebrada Isabel Pérez, apodado por los lugareños: “El Hueco”. Se trata de una casa blanca y agrietada con balas de corto alcance, como la mayoría en este sector en donde florece el microtráfico y las pandillas. Al interior, una salita pequeña, 20 sillas de plástico, muchos perros.

―Aquí, en esta sala, nos reunimos alrededor de 25 mujeres de la comuna 20 para hablar de integración de la mujer en la vida política, social, cultural y económica. También buscamos participación en las juntas de acción comunal, así como consolidar proyectos que logren la igualdad salarial y laboral entre hombres y mujeres.

Su proyecto social inició en el 2015, en la Escuela de Incidencia Política de la Mujer. Para el 2016 ya era delegada de la Mesa Territorial de Mujeres de la comuna 20, coordinada por la Secretaría de Desarrollo Territorial y Bienestar Social en encabeza de Mayra Mosquera Escudero.

Se trata de un espacio de diálogo y concertación, donde las mujeres asumen con autonomía y liderazgo la defensa del territorio y de sus derechos. Además, está articulada con la Mesa Municipal de Mujeres de Santiago de Cali. Éste, como se puede evidenciar, era un proyecto del que Gloria no pudo hacer parte en su juventud, pero que ahora lidera con el corazón y la experiencia de quien ha sufrido la violencia social.

Así lo explicaba Elisidia Aguirre, una mujer de 59 años cabeza de hogar perteneciente a la mesa territorial:

―Este proyecto nos ha ayudado a darnos cuenta y a entender sobre los derechos que nosotras las mujeres tenemos y que nos han sido negados. Estamos haciendo entender a las mujeres que son maltratadas física, verbal y psicológicamente, que son valiosas y que pueden salir adelante.

Cuando el sol se esconde sobre la ladera, las mujeres que se reúnen en la casa de Gloria toman café y chocolate. ¿Era necesario vivir un pasado como ese para liderar este grupo de mujeres? La pregunta salta sobre la tertulia de un sábado.

―Yo he aprendido el empuje que ella tiene para emprender muchos caminos, para dejar atrás tantas cosas que a uno le han hecho daño ―reflexiona Elisidia Aguirre.

―Gloria es una mujer perseverante. Ha sido chévere con ella porque a pesar de todas las dificultades, ha estado allí. Ella nos ha enseñado los derechos y las leyes que no hemos practicado como mujeres ―concluye Elizabeth Leiba, mujer de 49 años y, al igual que la mayoría en la reunión, madre cabeza de hogar.

Con un proyecto a futuro de un jardín infantil diurno y nocturno para permitir a las mujeres de su comuna una mayor inclusión en la vida laboral y política, Gloria Estela Sánchez desea ser recordada por sus seguidores como una mujer que sueña y lucha por sus compatriotas. “La mujer colombiana es verraca, nacida para llevar luz a otras mujeres”, le explica a sus seguidoras.

Al abandonar la ladera una frase logra quedarse en la memoria:

A lo que más le temo no es al maltrato ni a la violencia, a lo que más le temo es a morir antes que mis seres queridos; a verlos sin cumplir sus sueños mientras son vulnerados socialmente”.

 

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