La utopía de ser escritor en Colombia

Ser escritor en Colombia es una utopía. Y es que parece que algo está sucediendo con las practicas sociales asociadas a la lectura: los colombianos no leen con frecuencia y, si a aumentado la venta de libros en el país, los autores leídos son extranjeros. ¿Qué futuro le espera a los incógnitos escritores colombianos?

Indudablemente la industria de las editoriales está tomando vuelo en Latinoamerica. Se dice que del 2014 al 2015 aumentó en un 40% el volumen de ventas y que para los próximos años se espera mayor crecimiento. Además, una estadística realizada para la Feria Internacional del Libro celebrada este 2017 en Bogotá, arrojó que, comparado con la Feria del Libro de 1988, hoy se tienen 51 mil metros para la exposición, 500 expositores, más 500 mil asistentes y 27 mil libros a la venta.

Pero una cosa es que el flujo de venta de libros —especialmente libros extranjeros— esté creciendo en Colombia y otra cosa muy distinta es que en este país se esté leyendo a nuestros invisibles autores colombianos.

Quizá esta sea la frustración de muchos escritores colombianos: que más que enfrentarse a la página en blanco, deben enfrentarse al anonimato; a la tendencia de preferir la lectura de un extranjero a la de un compatriota.

Y digo que la industria esta creciendo, lo cual es algo bueno, pero también afirmo que en Colombia no estamos habituados a la lectura y mucho menos a la lectura de artistas que han crecido en nuestra tierra. Compruébelo por usted mismo en los colegios, en la universidad, en las fundaciones que promueven la lectura.

Ha proliferado el auge de ser ‘escritor’, sí. Pero el auge de la lectura permanece todavía virgen. Sigue intacto esperando surgir con fuerza como en las épocas del boom de la narrativa latinoamericana, que más que un boom de narrativa, considero fue un boom de lectura crítica, en donde las tertulias y grupos de estudio literario eran solidas, fuertes, formando así a nuestros excelentes ídolos literarios.

Es por eso que muchos escritores migran al exterior a publicar sus obras en otro idioma, países en donde se aprecia la lectura, donde el afán por escribir no está por encima del afán de leer. Quizá el problema de Colombia en cuanto a la lectura y la escritura esté en la tensión entre ser alguien o permitir al otro ser alguien. En una cultura en donde cada cual quiere llegar a la cima y en donde la competencia no es un excitante desafío para construirse como profesional sino una amenaza que debe ser eliminada a toda costa, las posibilidades de ser escritor en Colombia disminuyen paulatinamente.

¿Será responsabilidad del escritor colombiano, si acaso algún día desea publicar en alguna editorial extranjera, crear redes sociales para dar con algún agente literario? ¿Construir blogs con nombres llamativos en donde auto-publique sus obras? ¿Crear textos en extremo sensacionalistas, sexistas, amarillistas, cómicos y aburridamente místicos para que los lectores mediocres lean siquiera el primer párrafo? ¿Participar en cuanto concurso aparezca para luego perder los derechos de sus obras por un bono en librerías? ¿Rogar a los amigos para que le regalen un like a un texto fabricado durante semanas o meses?

Gracia tuvieron autores como Jorge Isaacs o Gabriel García Márquez para ser considerados en los currículos de las instituciones educativas.

Pero parece que esa vergüenza generalizada de ser colombianos, la misma que lleva a muchos a abandonar este país cuando hay problemas sociales, la misma que rechaza nuestra política y gobierno, la misma que demuestra odio hacia las instituciones religiosas, académicas y educativas, esta alcanzando a la lectura. Vergüenza de leer a nuestros autores, me refiero a autores sin el privilegio de los premios y los grandes sellos editoriales.

Es por eso que ser escritor en Colombia es una utopía: Aquella ola de globalización Europea y Norteamericana ha traído consigo la tendencia —otra nefasta y cruda tendencia— de leer, apreciar, compartir y criticar a los “grandes” de afuera.

Bastará con ser autentico y no renunciar a los principios literarios para propiciar la buena lectura; una lectura sugerente, apasionante, ajena a toda tendencia inicua de lectores frustrados.

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