Ahora Hay Paz | Cuento

Ponte los audífonos, estas a punto de escuchar un radiocuento de Harold Cortés en Libreta Negra. (Listen in browser).


Correría hasta lo más profundo de las selvas de Los Farallones, penetrando aquél silencio de muerte donde la vida vuela pronto. Tardaría unas horas encontrarle, quizá unos minutos; no le había perdido de vista desde hacía diez años cuando asesinó a su hijo. Tomaría su único instrumento de perdón y lo mandaría de un zarpazo a las profundidades de la tierra. Sí. Eso haría. Pero se encontraba en su vereda, temerosa, como si un espanto le apretara el corazón.

«En la venganza el más débil es siempre el más feroz», recitaba un anciano que se mecía desquiciadamente en el ventanal de la casa. En ese instante, solo una idea se le iba haciendo clara. Se quedaría para lamentar su pena y olvidaría el suceso como olvida el alma al cuerpo que ha abandonado. No.

«Eso nunca», se dijo.

Iría por él y lo mataría.

Vistió unas botas de guerra, fijo su alma al cuerpo con una reata tan negra como sus intenciones y tomó un rifle que se encontraba guardado en los encarnados pronunciamientos: «¡Hay paz!».

En aquél momento, una brisa agitó los pulcros setos de la aldea. La calle permanecía silenciosa bajo un cielo de color tinta. Aquél era el último lugar en donde uno esperaría que ocurrieran cosas asombrosas. Pero tal presagio pronto acabaría pues algo estaba a punto de ocurrir en aquella selva ensangrentada.

La mujer emprendió su camino, a la brisa y a la sombra. Entre minas y trampas y miedos y llantos. La muerte le seguía a todas partes en aquél lugar, husmeándole los pantalones, pero sin decidirse a darle el golpe final. Llegó hasta donde adelgazaban los silbidos del viento y el retrato de su hijo se pintó en sus ojos. Recordó la frase que la trajo hasta allí: «En la venganza el más débil es siempre el más feroz».

Atravesó la quietud del tiempo trastornado que se extendía paciente y sin esperanzas en el lugar donde la guerra yace agotada, y allí, entre las ruinas húmedas del primer tramo de la selva baja y profunda, los cuerpos se vieron al fin.

Los espectros se arremolinaron sobre las tumbas y un arma se levantó al cielo. El rostro del hombre había adoptado una expresión melancólica y taciturna. Ella, por su parte, sudaba a causa de sus ropas de abrigo con el bombo de su corazón apretándole las cienes. Era cuestión de un golpe final. De presionar el gatillo y acabar con esta historia.

«¿Por qué razón?», dijo ella y él no contestó.

Apuntó con su rifle el empalidecido rostro del hombre, pero él temía más a la guerra que a la muerte.

Un disparo ensordeció la noche.

«Ahora», dijo ella en el silencio que siguió, «¡ahora hay paz!».

Entonces, decidió abrazar al cansado y temeroso hombre, como si su propio hijo, a quién tanto amaba, estuviese de pie frente a ella, con el aura de aquellos que han esperado toda una vida.

*Este cuento fue galardonado en el concurso literario Escritores Autónomos XV 2017 y hace parte de una colección de obras inéditas del autor registradas en la propiedad de derechos de autor según la ley vigente. Todos los derechos reservados. 

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