La crónica literaria: la delgada línea entre realidad y ficción

Soy amante a la literatura, especialmente a los cuentos cortos o microrelatos. Tomo un sueño aquí, una escena acá, una conversación allá, invento un par de nombres, estudio una situación social que sirva como coyuntura del relato y le doy rienda suelta a mi imaginación. Resulta fácil, quizá.

En muchas ocasiones me ahorro el proceso de investigación, reportería, entrevista, que indiscutiblemente debe estar presente en el acto de construir de una crónica. He aquí mi idilio: que la crónica me obliga a sumergirme en la realidad, me incita a mirar con los ojos del alma el rostro de la cotidianidad.

Me obliga a callar. Ya no soy dios. No invento. Miro. Aprendo. Doblo mi pluma ante el inmarcesible relato de la vida.

Existen muchas similitudes entre la crónica y la literatura, eso está claro. De hecho, el nuevo periodismo –periodismo literario- desarrollado en su momento por Tom Wolfe, Gay Talese, Truman Capote, fue un intento por “contar historias reales usando la forma de ciertos subgéneros americanos: la novela negra, la novela social de los años 30: mucha acción, mucho diálogo, palabras corrientes, frases cortas, ambientes oscuros.” (Martín Caparrós, 2016, Lacrónica).

La diferencia, pues, entre ambos géneros, no es que uno sea desarrollado por periodistas y otros por escritores de ficción, no. Todo reside en el pacto que el autor hace con el lector. En la literatura el pacto es que el lector acepta la historia que va a leer como ficción -una mentira disfrazada de verdad- siempre y cuando el autor le mienta tan bien como para creer todo lo que ha escrito.

En lugar de eso, la crónica establece un pacto entre el lector y el autor: “esta obra es real. Yo fui a conocer de primera mano la historia. Me sumergí en el mundo social y trabajé para conocer y desentrañar el relato”.

La crónica nos obliga a ver hacia fuera. Nos permite renunciar al yo y saltar a la hostilidad de nuestro mundo, hacia las expresiones de la gente.

Latinoamérica surgió a fuerza de contar historias. Nuestro continente es historia, es memoria. Somos narración y, en algún sentido, ficción. El pasado fue escrito, el presente puede ser inventado. La crónica une estos dos momentos. Con acierto Lelia Guerriero comentó: “La crónica es el reino de la mirada”. Es así como me acerco a este oficio, tan asombrodo como temeroso.

Paul Auster dijo en cierta ocasión que “los escritores somos seres heridos. Por eso creamos otra realidad.” La crónica es vivir la realidad, no inventarla. Es patente y no copia.

Consideraciones sobre el oficio

1. La crónica es interacción

“Hay realidades que no conocemos, no porque seamos ciegos, sino porque no interactúamos lo suficiente con la realidad”. Alberto Salcedo Ramos, encuentro Beca GGM 2014.

Esta es la recompensa de un cronista: hacer parte de la realidad de su relato. Cualquier novelista anhelaría conocer de primera mano a su personaje principal. El cronista, en su lugar, es la pluma de su actor, ojos del lector, oído del contexto.

2. Las musas literarias y las curiosidades periodísticas

“La base de todo es la curiosidad. Es obvio, pero siempre hay que recordarlo”. Alberto Salcedo Ramos, encuentro Beca GGM 2014.

Algo que me apasiona de la crónica es que su musa es la curiosidad. Es cierto que muchos novelistas son curiosos y que dicha curiosidad les ha llevado a relatar historias memorables. Pero el cronista es insistente con la realidad. Es, como dijeran en Colombia, chismoso. Sí, “molesto, incómodo”. En otras palabras “huele a mundo, huele a vida”.

3. El cronista es el último, no el primero  

“Cuando uno cuenta crónicas, tiene que entrar por la puerta de servicio no por la principal”. Alberto Salcedo Ramos, encuentro Beca GGM 2014.

Quizá difiera con muchos en este aspecto, pero el cronista, a diferencia del escritor de ficción, no es el centro de atención. ¿Qué sería de Harry Potter sin J. K. Rowlin? ¿Qué sería de Aureliano Buen Día o Melquíades sin Gabo?

Pero… ¿Qué sería de Martín Caparrós sin los campesinos bolivarianos en los ejércitos de la coca? O ¿qué sería de Alberto Salcedo Ramos sin Chibolito, el último bufón de velorios? La crónica es el momento del otro. Y eso de ocultarnos tras la tarima para permitir a los menos escuchados contar su propia historia, es el por qué del oficio.

4. El privilegio de conocer al protagonista

“Más que entrevistar lo que hacemos los cronistas es conversar con los personajes”. Alberto Salcedo Ramos, encuentro Beca GGM 2014.

Lo he dicho ya y quiero finalizar diciendo que, el galardón de un cronista, más que contar historias, ser leído y aplaudido, es vislumbrar a los actores, llevarse una parte de ellos en nuestros escritos.

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