Del estilo y la lectura | Ensayo

Si bien es cierto que todo escritor desea ser leído, también debe darse por sentado que un correcto uso del estilo lingüístico permitirá que los lectores se sientan a gusto con el texto al que se enfrentan, pero más importante aún, lo entiendan y actúen frente al mismo.

Sin lugar a duda, uno de los procesos más bellos y significativos de la humanidad, uno que ha llegado a la cúspide de las posibilidades, abarcando espacios, idiomas y modos de pensar, es la lectura. Este proceso de cognición humana que abarca lo espiritual y lo físico y que trasciende hasta las acciones de los individuos, se sitúa muy por encima en la lista de necesidades del ser humano. Es evidente que si una persona desea superarse a sí misma, penetrar nuevas esferas sociales y generar procesos de significación, debe leer. Me refiero a leer en su más profundo significado; ser capaz de interpretar y comprender no solo los signos y símbolos que se abrazan en un mismo lenguaje, sino también leer la vida y sus posibilidades, las intenciones y los deseos, las frustraciones y los placeres.

Entra en este espacio de reflexión de manera dinámica y pertinente lo que lingüísticamente se conoce como estilo: el rasgo exclusivo que acompaña a una creación artística; la huella distintiva del autor. Digo dinámica porque es el buen estilo uno de los responsables de que el lector se acerque a un signo y lo codifique adecuadamente, y pertinente porque sin él la acción de leer se hace frágil. Es por esta razón que cuando se refiere a la lectura debemos también acercarnos al estilo del escritor que emite el enunciado, de esto depende la fuerza del texto y su adherencia a la psique del lector.

El buen estilo es, sobre todo, “darse a entender”

En el ensayo «Sobre la lectura», Estanislao Zuleta cita a Nietzsche, destacado escritor y novelista alemán del siglo XIX, para decir que «existe la ilusión de haber leído, cuando todavía no se ha interpretado el texto. Y esa ilusión existe por el estilo mísero en que escribe.» Así pues, el punto central de la discusión acerca de por qué la lectura es cada vez más relegada por las personas se debe, en parte, al estilo con el cual se transmiten las ideas y la forma de poner las palabras en completa armonía. Sin un correcto estilo —sea cual sea el tipo de producción— la lectura no puede alcanzar por completo su objetivo de significación.

Son innumerables las obras literarias, artículos periodísticos y textos que carecen de relevancia. Las redes sociales están repletas de ejemplos de pobreza estilística que dificultan la correcta recepción y producción de sentido en los lectores. Por ejemplo, en 1995 el periódico El País de España publicó la siguiente noticia:

 «Para la cobertura del encuentro, Canal + desplazará a Mérida la nueva unidad móvil que inauguró el pasado San Isidro.»

Este tipo de textos, frágiles en su claridad, dejan dos posibilidades de interpretación para el lector: primero que una unidad móvil inauguró el pasado San Isidro y segundo que una unidad móvil fue inaugurada el pasado San Isidro. ¿Cuál es la noticia en sí? ¿Cómo debe reaccionar el lector frente a este enunciado?

Todo escritor desea ser leído. Cada individuo que se enfrente al difícil proceso de la página en blanco, como mucho, desea que otro se acerque a su obra, la califique, la interiorice y finalmente tenga una respuesta frente a ella. Pero es de vital importancia que el autor agrupe las ideas, pensamientos y reflexiones de forma coherente pues, de no ser así, corre el riesgo de perder la valiosa oportunidad de “ser leído”, y como consecuencia, vivir en el olvido del pensamiento.

Estanislao Zuleta lanza una exquisita reflexión cuando se refiere a Nietzsche en su ensayo, dice que su arte provoca la buena lectura, una invitación más abierta a descubrir y una obligación de dar sentido, así como una más brillante capacidad de arrastrar por el ritmo de la frase y al mismo tiempo de frenar por la fascinación del contenido. A esto debe apuntar específicamente el autor. Es por esto que se oye decir en las oficinas de docentes y editores de noticias acerca de textos que son vagas repeticiones de un mismo pensamiento, líneas que siguen la voz de un referente determinado, pero que no alcanzan la cima del monte; la explicación contundente del hecho; la reflexión crítica de un pensamiento.

La buena lectura requiere de un buen estilo. Como reflexiona el filósofo colombiano Zuleta al citar a Nietzsche: «La lectura requiere la interpretación en el sentido fuerte. El estilo impone la necesidad de interpretar.» La buena lectura requiere la capacidad de tomar la obra paso por paso, párrafo por párrafo, para luego someterlo a una interpretación. Así pues, cuando el lector exige esta capacidad de parte de un texto, se hace necesario que el autor se exija a sí mismo un estilo que logre volcar la capacidad expresiva de su propio pensamiento.

¿Por qué el buen estilo ha desaparecido poco a poco?

A pesar de reconocer la necesidad de un estilo adecuado para una mejor lectura, muchos son los obstáculos a los que se enfrenta el lector en la actualidad ―y por supuesto el autor desprevenido―. La llegada de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC) han hecho ardua la tarea de expresar correctamente un pensamiento. Hace un par de siglos las personas se comunicaban a través de cartas con gran variedad de expresión, no sucede así en el presente siglo donde las redes sociales han logrado simplificar el lenguaje a las más pobres formas de expresión. Vivimos en un mundo donde las palabras están peligrosamente desvalorizadas. Y digo peligrosamente porque el lenguaje es la expresión del pensamiento; aquello que no se puede expresar en palabras no existe, y por ende, no puede ser pensado.

Almuneda Grandes, columnista habitual del diario El País de España, en una entrevista en informaRN, afirma que lo más crítico del lenguaje no es que  este desapareciendo con el pasar de los años, sino que su empobrecimiento crece con las nuevas tendencias en comunicación. Según la novelista española, los niños y adolescentes usan cada vez más un vocabulario estrecho y es necesario que la sociedad no se dé el lujo de perder las palabras porque entonces, se perderá también parte de la realidad. En suma: el lenguaje pobre arruina el pensamiento, la percepción de la realidad y las experiencias de la vida.

Es por esto que, al decir que sin un correcto estilo la lectura no puede alcanzar por completo su objetivo de significación, estoy proponiendo que el estilo se impone como una premisa coherente para el autor que pretende ser leído. Y se presenta como una herramienta del texto que amplía el margen de pensamiento crítico del lector.

Vale la pena reflexionar en la forma en que cada uno de los individuos se acerca a los textos y formas de expresión artística en la actualidad. No sólo los lectores, quienes después de todo reciben de la información que abunda en los medios, sino también los autores, responsables de la producción de sentido. Es meritorio poner sobre la mesa la situación social que se vive y criticar el descuido del lenguaje, el abandono de los recursos de la comunicación, la indiferencia ante la correcta producción de sentido.

 El escritor británico William Somerset Maugham dijo en cierta ocasión:

«Adquirir el hábito de la lectura es construirse un refugio
contra casi todas las miserias de la vida.»

Pero ello no sería cierto si quienes se acercan al arte de la escritura ―y a otros medios de expresión― no meditan acerca del estilo como uno de los pilares fundamentales que sostiene el edificio de la expansión de reflexiones.

Bibliografía

  1. Entrevista a Almuneda Grandes por José Zepeda. InformaRN, España 2010.
  2. GRIJELMO, Álex. El estilo En: El estilo del periodista. Barcelona: ediciones Taurus, 2014. pp 303-341.
  3. William Somerset Maugham (1874-1965) Escritor británico.
  4. ZULETA, Estanislao. Sobre la lectura. 1982. p 18.

 

*Este ensayo hace parte del libro Los oficios inútiles. Todos los derechos de publicación reservados.

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